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Un viento nuevo, un viento viejo

30 sept
2 min de lectura
Elena C. Flores Corona

Por fin, ha llegado el otoño. Esta es mi estación favorita, y creo que muchas personas comparten el sentimiento. En mi hogar, el otoño aparece como un viento incesante, acaso el primer hálito del invierno, la advertencia de que el calor no será eterno y que habrán de llegar otros tiempos. Hablando de calor, nunca deja de maravillarme cómo es que los vendavales otoñales son tan contrastantes; lo suficientemente fríos como para hacerte consciente de toda tu piel y al mismo tiempo sobrepuestos sobre el lienzo de un cielo blanco a causa de la intensidad del sol. A mi parecer, el otoño es una temporada de contradicciones agradables, el tiempo de las cosechas y de la caída de las hojas, de los últimos días bochornosos y de los primeros en los que necesitas un suéter antes de salir a la calle. El otoño es un umbral que invita a pensar en los meses que ya pasaron y en los que restan, el momento propicio para tener un poco de perspectiva. 


Al llegar a septiembre deja de ser posible ocultarse debajo de pensamientos que buscan consolar o justificar las cosas, ya no es propio estresarse por las cosas y terminar diciendo "bueno, apenas va a ser medio año” o "todavía queda mucho tiempo". La guadaña siega las hierbas altas que impiden ver lo que se ha sembrado bajo el peso de los pies y el esfuerzo de las manos, el cansancio se empieza a asentar en los huesos, el cuerpo desea descansar antes de la llegada de los fríos. En muchos sentidos, el mundo exterior sublima un espíritu de resignación, en fin “ya casi se acaba”, y es allí cuando una puede reconocerse en la caída de las hojas, en el comienzo del fin de un ciclo natural. Las reflexiones que el otoño despierta en mí no son observaciones de inminente ansiedad y de un deseo de escape, al contrario, son la certeza de que es momento de aceptar lo que ya ha pasado y lo que, eventualmente, habrá de pasar. En otra de sus facetas polarizadas, el otoño se dibuja como una época de festividades reconfortantes que, no obstante, tienen el propósito de traer al presente la certeza de que nada es eterno. El Día de Muertos, por ejemplo, está asentado en el recordar a quienes ya se han ido a través de una fiesta en la que los gustos mundanos —la comida, la bebida, los adornos y las fanfarrias— son el eje de la celebración.


Instante de paso entre otras dos estaciones, el otoño trae consigo a una oscuridad que repta hasta que los párpados se caen de sueño, penumbra que oculta los rostros con la suavidad de los chales de nuestrxs ancestrxs, lugar de las lamentaciones y las alegrías, de los suspiros y los gritos. Estamos cansadxs, y está bien. Estamos hartxs, y podemos admitirlo. Pero, cómo y con el otoño, seguimos cruzando por las puertas, las calles y los bosques, todavía con fuerza, todavía con esperanza y aceptación.

 
 
 

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