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Al fondo del río

hace 3 días
2 min de lectura
Elena C. Flores Corona

Hace poco redescubrí los vídeos de los canales de YouTube “My ordinary treasure” y “Bottles from the deep”. Estos canales están dedicados a mostrar los pequeños tesoros que dos personas de Inglaterra y Escocia encuentran en sus ríos y arroyos: botellas de piedra y de vidrio hechas hace más de dos siglos, cabezas chapeadas de figuritas de porcelana, pequeños tinteros de colores y hasta llaves y prendedores antiguos. El contenido me gusta porque me parece muy bella la idea de encontrar algo que ha permanecido oculto durante mucho tiempo, de darle significado a objetos que sus dueños quizá perdieron o abandonaron, y de hallar la belleza de antigüedades cotidianas. Me parece encantadora la forma en que ambxs creadorxs de contenido muestran el agua clara a su alrededor, el verde en los árboles y las colinas, el arcoíris de los cristales recuperados y el ocasional sonido de las burbujas o de un pájaro que canta en la campiña. El sencillo espectáculo de un cuerpo de agua me maravilla, sin embargo, también me ha llevado a pensar en reflexiones no tan positivas.


Qué pasaría si intentara hacer el mismo tipo de descubrimientos en los ríos y arroyos de mi estado, me dije al intentar imaginar cómo podrían coexistir las imágenes de aquellos canales con las de mi contexto inmediato. La respuesta fue simple y cruda: no podría intentarlo. Posiblemente, ni siquiera podría entrar al agua sin tener equipo de protección contra químicos y metales pesados, contra la cantidad de basura que se estanca entre las barrancas y las piedras desde hace décadas. Qué deprimente fue darme cuenta de que, antes que encontrar alguna antigüedad perdida al fondo del agua, me encontraría con latas de refresco, plásticos variados y quién sabe cuántos residuos humanos más. Seguro que no podría dar con un saco de cuero lleno de monedas de plata del Virreinato, pero sí saldría a la orilla con la piel recubierta por una capa de plomo, arsénico y cromo, sino es que con restos de materia orgánica no identificada también. Vaya perspectiva macabra.


Visualizar este escenario sólo abrió paso para más preguntas en mi cabeza: ¿acaso lxs creadorxs de los canales pueden hacer ese tipo de hallazgos porque radican en un país europeo en el que la contaminación del agua no es tan evidente?, ¿o es que los lugares en los que rebuscan por objetos perdidos han podido escapar del repugnante vómito del capitalismo? Si lo último fuera cierto, a lo mejor me haría albergar la pequeña esperanza de que algunas de las venas líquidas de mi tierra estuvieran a salvo, si bien no creo ser tan optimista como para asumir esa posibilidad como algo más que un deseo ideal. Suponiendo que sí existieran esos cauces cristalinos, ¿qué nos podría estar esperando?, ¿vasijas de barro cocido?, ¿monolitos de roca de la época prehispánica?, ¿puntas de lanzas de obsidiana?, ¿bayonetas y relojes de bolsillo?, ¿antiguos mecanismos de comienzos de la industrialización? Bajo el agua estarían, tal vez, los recuerdos de un pasado que la modernidad se ha esmerado en sepultar debajo de las consecuencias de su tan alabado y tan ilusorio “progreso”; ensueños de un momento previo a que nos costara imaginar una vida en la que el agua todavía se encamina impoluta, indómita, por donde le place.

 
 
 

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