Detrás de la puerta cerrada
Elena C. Flores Corona
Una de mis mayores fortalezas y defectos es ser observadora. Al menos tanto como puede serlo una persona con un problema de visión permanente. Me gusta caminar por la calle y mirar las nubes, el reflejo en las ventanas, el rostro de la gente y todo aquello que hay cuando alzo la vista. Gracias a esto he podido identificar con mis ojos cosas que me maravillan y cosas que desearía no haber visto —acaso una especie de asombro en negativo—, pero que nunca me han quitado el afán de mirar. Se dice que la curiosidad mató al gato, pero si tuviera que elegir un dicho sobre gatos, sería el que mi abuela me enseñó y que dice “un ojo al gato y otro al garabato”. Me gusta pensar que ser curiosa no es necesariamente malo, de modo que muchas veces me dejo llevar por los instantes que captan mi atención en un parpadear. Para alguien como yo, que casi no sale de su área de trabajo, estos instantes se incrementan cuando camino por las calles y avenidas.
Recuerdo haber visto hace poco una diminuta botella de plástico, como de refresco, entre las grietas de los adoquines. Recuerdo haberle silbado a una cantidad incontable de perros que me regresan la mirada y el saludo desde las alturas de un balcón. Y sí, en ocasiones, cuando voy en la acera y veo un zaguán que, contrario a su estado normal, está abierto de par en par, lo observo con más atención de la que quizá debería, con la tentación de dar un paso para poder ver más. En realidad, nunca me detengo por completo, no pasa más de un minuto entre que veo lo que antes no veía y entre que sale de mi campo de visión. El tiempo, no obstante, se detiene cuando permito que mis ojos beban en los detalles que antes les eran desconocidos: ese patio interior cubierto de plantas, la pintura que cuelga al lado del portón, el retrato de la Virgen o la cruz que vigila la entrada, apenas el atisbo de los primeros escalones de piedra que llevan a un segundo piso. Más allá de las curiosidades que puedo encontrar a mis pies, esos momentos son los que generan que mis párpados se abran más y que un escurridizo oooh salga de mi boca. Hoy me gustaría reflexionar en el por qué esto es así, tomando como base un ejemplo reciente.
Pues bien, yo volvía del mercado con las manos ocupadas en cargar los ingredientes de la comida cuando, al pasar a lado de una casa antigua que siempre me ha generado interés, observé que su puerta de madera estaba abierta y, allí, en medio del patio interior que suelen tener las edificaciones de estilo colonial, estaba dispuesta una mesa alargada. Esta había sido decorada con gran elegancia, lucía un mantel largo de color azul marino, en su perímetro había dos hileras de sillas con asientos y respaldos redondos, acolchados y de color crema; frente a cada una había una vajilla completa, muy linda, y como centros de mesa habían candelabros con velas cortas y flores de tonos cálidos. Esta hermosísima acomodación estaba rodeada de las plantas del patio, y sobre ella caía la luz indirecta del sol. Se veía tan encantadora que, por un momento, sentí que estaba dispuesta para mí, en espera de que yo pasara.
Desde luego, no entré a esa casa, pero cuando llegue a la mía, me dediqué a describir lo que había visto a mis hermanas. Me pareció un suceso increíble, algo que, literalmente, no ocurre todos los días. En esta sensación es donde considero que se encuentra el meollo de todo el asunto; en todos esos zaguanes abiertos, en la imagen mágica de antes, yo pude atestiguar escenas que parecían ajenas al correr del tiempo, distanciadas del bullicio de las aceras y los autos. No eran pinturas en un museo, ni fotografías en un álbum, sino cronotopos vivos. El término cronotopo viene de Mijaíl Bajtín, un estudioso ruso que determinó que había tiempos-espacios repetidos en la literatura —un ejemplo sería la típica mansión victoriana que está embrujada—. Así pues, mis cronotopos, a diferencia de los de Bajtín, no estaban en papel, sino ahí, justo frente a mí, tan breves como el tiempo entre un paso y otro, con todo, significativos. No había nadie más para compartirlos, pero yo estaba ahí para admirarlos, una testigo fugaz de lo que nunca volvería a pasar. En dicha brevedad está el origen de mi curiosidad, en la sorpresa de encontrar lo que no sabía que estaba allí, con el pleno conocimiento de que nunca podría explorarlo por completo y de que, al mismo tiempo, se había revelado ante mí. Puede que hayas experimentado también esta sensación cuando vas en el transporte público y pones atención en una conversación abierta en el teléfono de alguien o a lo mejor le haces como yo y tomas la personalidad de un telescopio que se fija en destellos inusitados de su entorno. Si no lo haces, queridx lectorx, te recomiendo hacerlo. No con el mpetu de un conquistador que desea acaparar todo con los sentidos, sino con la humildad de un diente de león en el filo de la carretera, con la tranquilidad de dejar los sentidos abiertos para captar lo inesperado en los detalles del día a día. Al final, nada adquiere el adjetivo “común” porque lo sea, sino porque le es asignado.






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