Un relato de Naucalpan
Samantha González Núñez
Cuando era pequeña, mi burbuja social estaba conformada por personas que vivían cerca de mí, en Naucalpan. Si a mis amiguitxs de primaria les decía “para Halloween voy a bajar con mis papás a San Bartolo por dulces” entendían qué les estaba diciendo. En secundaria acabé estudiando por Tlalnepantla y no había tantos puntos en común que compartiéramos, pero al menos seguíamos hablando del Estado de México. Para prepa regresé a Naucalpan y me gustaba volver a tener espacios en común. A mis amigas les decía que bajáramos Lomas Verdes para ir al McDonalds de Gran Terraza o que subiéramos a La Cúspide a jugar mini-golf.
El verdadero choque comenzó en la universidad. No importa si vives en Tenayuca sobre la línea divisoria Estado de México/CDMX y que ¾ de tu hogar estén en la Ciudad, ese ¼ restante tiene más peso y automáticamente eres foránex, de la periferia o del área metropolitana. Esta última está conformada por 16 alcaldías de la Ciudad de México, 45 municipios del Estado de México y dos de Hidalgo. Por nombrar algunas del Estado: Ecatepec de Morelos, Naucalpan de Juárez, Chimalhuacán, Tlalnepantla de Baz, Cuautitlán Izcalli, y Atizapán de Zaragoza. La verdad, señalar las cuestiones económicas, de movilidad y otras cosas que definen qué es la periferia y área metropolitana es una tarea que mejor te dejo a ti para no hacer de esto algo muy académico.
Durante cuatro años iba y venía a diario en coche. Y, aunque estoy segura de que moverme en transporte público hubiera sido más eficiente y me hubiera evitado varios bloqueos a lo largo de la carrera, a mi papá y mamá les daba pánico que yo, una mujer, caminara a Periférico en la mañana, tomara una combi a Cuatro Caminos, recorriera la línea azul hasta Pino Suárez y, a las 3 de la tarde (si no me quedaba con mis amigas hasta tarde), hiciera el mismo recorrido pero a la inversa. Así que mi mamá me dio el que había sido su coche desde 2013. Jake y yo, dupla de auto y humana, íbamos y veníamos; a veces nos quedábamos atrapadxs a unas cuadras de la escuela, otras de plano no avanzábamos de Ejército Nacional.
Con mis amistades universitarias, nuestro lenguaje era las líneas y colores del metro, metrobús, RTPs, Reforma, Coyoacán, San Rafael.
El viaje durante ese periodo no me molestaba, después de todo, tenía que hacerlo para estudiar y, así como yo, mucha gente lo hacía y de lugares mucho más lejanos que los míos, pero, sin importar la distancia, tarde o temprano todxs nos mimetizamos y hablábamos idioma Centro Histórico, como si sólo hubiera eso y nada más.
Durante el penúltimo semestre de la carrera, desarrollé una aversión por la Ciudad que sigue latente. Recuerdo, a una maestra que me cuestionó el porqué no iba al teatro; le respondí que porque no teníamos obras como las que se presentaban en CDMX y—con ese creciente odio a la Ciudad— le dije también que no pensaba gastar más de mil pesos por algo de renombre o más de 600 en una obra independiente atrás de Donceles (cuando ese dinero, además, está destinado a gasolina).
No obstante, a pesar de mi creciente aversión, sigo yendo, porque mis amigas son de ahí. Cada cierto tiempo, y a modo de tradición, acordamos vernos en un punto intermedio (que realmente no lo es para mí) e ir al cine a ver alguna película infantil.
¿Mis amistades citadinas podrían hablar Los-Remedios-López-Mateos-México-Nuevo-Lago-de-Guadalupe, así como yo hablo Ajusco-Coyoacán-Tacuba-Oceanía?
Lo curioso de lxs de CDMX es que no se adentran en el Estado de México (no digo que todxs), excepto por razones extraordinarias. Y me salta bastante el hecho de que se presuma que la Ciudad queda a dos horas de la Ciudad, pero que no hagan un viaje de ese tiempo para explorar lo que sus colindantes ofrecen. De viajes de dos horas tengo relatos de sobra, pero esos, lectorx, serán en otro momento.
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Hace poco, reconecté con una amiga que vive a 5 minutos de mi casa. La pregunta de ¿y qué ha sido de tu vida? nos llevó a hablar de los lugares que habitamos y por los que nos movemos en nuestro día a día, y me sentí feliz de que alguien hablara mi mismo idioma. Ese sentimiento se da cada seis meses, más o menos, cuando mis amigas y yo quedamos de vernos en un verdadero punto medio: Mundo E. Aunque una de ellas actualmente vive en Baja California Sur, es grato saber que cada cierto tiempo —cuando nos visita—, en una mesa de algún nuevo restaurante que quisimos probar, podemos hablar de lo que nos rodea y lo que hay más allá de Tlalne sin tan siquiera nombrar la Ciudad.






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