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“No hay mañana para la gente que anhela el futuro y olvida el pasado”

  • hace 16 horas
  • 7 min de lectura
Elena C. Flores Corona

Hace poco, en un artículo publicado para nuestro segundo número, hablé acerca de la presencia de la melancolía en La colina de las amapolas (2011), un filme de Studio Ghibli dirigido por Goro Miyazaki —el hijo de Hayao Miyazaki—. Esta mención apareció parte de un tema más variado, pero sirvió para recordarme lo mucho que me gusta esta película y para obligarme a verla de nuevo, al final, es una de las obras a las que nunca dejaré de regresar, porque me habla de un modo que me resulta desconocido y conocido a la vez, revelándose poco a poco. En esta ocasión, más que centrarme en los reconfortantes elementos de la animación —los colores, el diseño, la ambientación sonora—, puse mi atención en los discursos que operan debajo de la historia principal. Porque sí, el filme pretende contar un evento trascendental en la vida de Umi Matsuzaki y de Shun Kazama, sin embargo, también desea hablarle a la audiencia de varios hechos igualmente complejos: el vínculo imborrable entre el pasado y el presente y el peso del progreso en el desarrollo de una sociedad. Esto, aunado a mi amor por la película, hizo que mi cerebro se viera impulsado a escribir un texto al respecto, de modo que aquí estamos. No está de más advertirte que, de aquí en adelante, habrá spoilers, así como breves menciones a temas sensibles relacionados con la guerra. Sin otro particular, continuemos. 


El fantasma de quien no volvió: Umi y Shun 

El título La colina de las amapolas hace referencia a la colina donde se ubica la casa de Umi, la protagonista de dieciséis años de la historia. Ella, junto con sus hermanxs menores, Sora y Riku, vive en la casa de su abuela, un edificio grande que sirve además como una casa para huéspedes; su padre, Yuichiro Sawamura, murió en un buque durante la Guerra de Corea, y su madre, doctora, estudia en los Estados Unidos. Ante la ausencia de sus figuras parentales, Umi asume el papel de cuidadora de sus hermanxs y de lxs huéspedes: ella cocina, lava y organiza las cuentas del hostal, al tiempo que asiste a la Academia Konan como estudiante. Cada mañana, antes de comenzar con las labores del día, Umi iza un par de banderas que, en lenguaje naval, representan las letras U y W, lo que se traduce como “te deseo un buen viaje”, mensaje que lanza a los barcos que recorren el puerto y la bahía. Sin poder verlo desde su lugar en la colina, sus buenos deseos son respondidos en igual forma por Shun, de diecisiete años, que todas las mañanas ayuda a su padre, un marinero. Esta interacción, desconocida para Umi, se vuelve evidente cuando él le dedica un poema anónimo en el diario de la escuela. En este punto, la narración se entrelaza con otro hecho que los involucrará: la demolición del Quartier Latin, una antigua casa que alberga a los clubes estudiantiles de la escuela. Shun y su amigo Shiro Mizunuma —presidente del Consejo Estudiantil—, desean impedir la destrucción del edificio histórico, y se dedican, junto al resto de los miembros de los clubes, a intentar convencer a sus compañerxs y al director de que vale la pena conservarlo. Por medio de la intervención de Sora, Umi termina por conocer a Shun, y ambxs interactúan con la excusa de salvar la Casa de los Clubs. Gracias a esto, Umi experimenta su adolescencia más allá de las tareas domésticas y se enamora de él; el afecto de ella parece ser correspondido hasta un día en que le muestra la foto de su padre y descubrimos que Shun posee otra idéntica. Este momento nos indica el primer punto en el que el pasado se convierte en un elemento vital para la trama al ser un punto anterior al encuentro de lxs dos adolescentes que permanece difuso, pero que les incube y les afecta directamente. 


La película sigue y nos enteramos que Shun no es el hijo biológico del marinero y de su esposa; en realidad, Yuichiro se los encomendó cuando apenas era un bebé. Con esta información, Shun y Umi se enfrentan a la posibilidad de que sean medios hermanos, por lo que su relación debe permanecer en una amistad. Umi decide no esconder sus sentimientos, y le confiesa a Shun que siente que su padre lxs reunió y que lo ama, incluso si comparten parentesco. Al final, el regreso de la madre de Umi esclarece que Shun es el hijo de un amigo cercano de Yuichiro, Hiroshi Tachibana, que murió en la guerra y que fue registrado bajo su nombre para evitar que lo enviaran a un orfanato. Cuando otro amigo de Yuichiro, el capitán Onodera, arriba al puerto, se confirma el relato. Con esto, el conflicto queda resuelto gracias a la aparición del pasado como un agente que no sólo determina los hechos que atravesaron la vida de Umi y Shun antes de que siquiera fueran conscientes de ello, sino que ejerce su influencia en sus respectivos futuros. El pasado, ese tiempo anterior, queda delimitado entre la muerte de Tachibana y la de Yuichiro, y se dibuja como un tiempo de guerra en el que la muerte y el abandono eran elementos comunes en el día a día. Ambos mueren en altamar: Tachibana fallece en un buque de repatriación entre 1947 y 1948, en consecuencia, deja a su esposa, que muere en el parto, y a su hijo recién nacido. A Yuichiro, muerto en un barco de suministros durante la Guerra de Corea, le sobreviven su esposa y sus hijxs —si bien la pérdida marca a Umi—. Estos sucesos, turbulentos por la propia oscuridad bélica, permanecen sólo como un recuerdo doloroso para lxs hijxs de los fallecidos, aquellxs niñxs que ahora deben encarar la metamorfosis de su país. La historia principal, que se sitúa en 1964, meses antes de los Juegos Olímpicos en Japón, tiene como trasfondo la tensión entre el dirigirse a ciegas al futuro progresista o mirar hacia un pasado que necesita ser desenterrado y comprendido para darle sentido al presente. 


La presencia del fantasma de Yuichiro Sawamura representa la necesidad de retornar la atención hacia el antes para resguardar la memoria histórica y honrarla. En este sentido, a la par que la protección del Quartier Latin, el conflicto de Umi y Shun está enraizado en la necesidad de recuperar el conocimiento que ha permanecido oculto entre las olas del tiempo; para establecer su vínculo afectivo, ella debe culminar su duelo —simbolizado en las banderas que iza para su padre y en las responsabilidades que cumple durante la ausencia de su madre, pero que no le corresponden— y aceptarse como una niña que todavía está en crecimiento. Asimismo, la travesía de Shun implica un cambio en su identidad —el ser en el presente— a partir del descubrimiento de quién es su verdadero progenitor—el saber en el pasado—. El encuentro con Onodera, el tercer amigo del grupo de Yuichiro y Tachibana, cierra el círculo de diálogo entre el antes y el ahora, lo que abre la puerta a un futuro en el que ambxs jóvenes puedan hallarse con plenitud. 


El Quartier Latin: la enseñanza de quien nos precedió

Como dije antes, la preservación de la Casa de Clubs del Estudiante es una analogía a gran escala del recorrido de Umi y Shun. Esta construcción ha albergado durante años los clubes de la Academia Konan, y se encuentra bajo la amenaza de ser demolida para construir un edificio moderno; sus ocupantes, adolescentes con distintos intereses, tratan el sitio como un lugar sagrado en el que guardan los vestigios de generaciones pasadas —reportes de experimentos, ediciones antiguas del períodico, hasta exámenes de estudiantes graduadxs—. Su estado, deteriorado y cubierto de polvo, es el testimonio de todas las personas que pasaron por su interior, así como la razón de que sea visto como una construcción raquítica que debe ser borrada del panorama del pueblo. Al principio, el cuerpo estudiantil está de acuerdo con la demolición, mas la intervención de Umi en el proyecto logra que su opinión cambie: ella propone que el edificio sea remodelado por completo, e invita a sus amigas a ayudar a los chicos en la renovación. Lxs adolescentes trabajan en equipo para lograr que el Quartier regrese a su vieja gloria y lo presentan —gracias a la insistencia de Umi, Shun y Mizunuma— al presidente de la compañía que pretende demolerlo. Él, un hombre de mediana edad, está dispuesto a escucharlos, y presta todavía más atención a su petición luego de escuchar la historia del padre de Umi. Durante su visita, observa el esfuerzo de lxs chicxs y afirma “¿Cómo podemos educar a los jóvenes sin proteger nuestra cultura?”. Esta frase, unida a la dicha por Shun durante el debate entre estudiantes (y que da nombre a este artículo), refieren que el valor de la Casa de los Clubs va más allá de un capricho; mantener en pie el edificio es reconciliar el futuro con el pasado en una misma línea temporal que les permita convivir y nutrirse mutuamente. 


En este sentido, el Quartier Latin adquiere el papel de zona segura para la juventud, un techo bajo el cual se puede congregar para compartir intereses y para estudiar a quienes estuvieron allí antes. No es casualidad que la apertura de Umi hacia el mundo fuera de sus quehaceres domésticos sea en el Quartier, primero cuando presencia la protesta de sus miembros y el salto audaz de Shun —una estrategia para llamar la atención hacia su petición—, y luego cuando ayuda con las planillas del periódico escolar. Ella misma, sin pertenecer en un sentido formal a un club, se involucra en la conservación del edificio; incluso luego de ser apartada por Shun, Umi sigue dedicada en la remodelación. Como dice Mizunuma, la joven se convierte en un amuleto de buena suerte en el proyecto, y es su sinceridad lo que convence al presidente de la compañía de visitar la escuela. Ya con el Quartier remodelado, lxs estudiantes se reúnen para demostrar el valor del recinto, interpretando en coro una canción que, con metáforas marineras, habla sobre resistir a los tiempos difíciles y seguir adelante. Este momento convence al presidente de buscar un nuevo lugar para construir y cancelar la demolición, lo que, de nueva cuenta, establece un lazo de apoyo entre el pasado (el hombre mayor) y el presente (lxs estudiantes de Konan) como fuerzas cooperativas en la búsqueda de un mañana mejor.


En conclusión

Antes mencioné que La colina de las amapolas es una de las películas que nunca dejaré de ver, y creo que esa es una de las razones por las que las  decido dejar este análisis hasta aquí. De momento quise tratar el cómo el pasado, el futuro y el presente se entrelazan dentro de la historia y las consecuencias que esto tiene en el camino de lxs personajes, mas considero, sin lugar a dudas, que esta es una obra cinematográfica que se puede leer todavía con más lentes. En alguna otra ocasión me gustaría tratar el tema de la identidad de género y de cómo, así como otras protagonistas femeninas de Ghibli, Umi está escrita como una adolescente compleja, capaz, segura de sus habilidades, pero también vulnerable y sensible. De momento, te dejo hasta aquí, espero volver a hablar contigo la próxima vez que sienta el irreprimible impulso de ver y platicar sobre la película; como última recomendación, escucha Sayonara no Natsu, el tema musical principal.

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