Desvaríos de una pera al atardecer*
- 7 jul
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Elena C. Flores Corona
*Advertencia: este texto es más enigma que respuesta.
Una pera.
Esa fue la respuesta de la Sabiduría cuando le hice una solicitud. «Dime una palabra al azar», y lo que recibí fue, así como en los tiempos de las hecatombes y los oráculos, un acertijo. No es el fruto del árbol del conocimiento en medio del jardín, ni siquiera es mi fruta favorita, ¿entonces qué encierra su voz? Comencé a escribir este texto con la inseguridad de tener sólo una pera de la cual sostenerme para comenzar a transitar por el espacio infinito que se convierte en finito en cuanto me acerco e intento nombrarlo. Estaba de pie sobre el fondo del abismo, con la mirada de este carcomiendo mis huesos, apenas sostenida por la fruta que el saber lanzó a mis pies. No tengo las manzanas doradas de las Hespérides, tampoco tengo el fruto de la ciencia; un paso en falso y mi pie resbala y arranca el acertijo del finísimo hilo que todavía lo conectaba al Olimpo, caigo con la certeza de que no habrá vuelta atrás, y de que bajo la tierra me aguardan perros que custodian las granadas de los muertos.
¿Y si muero al caer? ¿Y si caigo al morir?
El descenso continúa hasta que deja de hacerlo, hasta que una silla, mesa y una taza aparecen y me encuentro tomando un poco de chocolate caliente en compañía de rostros que veo todos los días, comiendo pan y viendo un programa policíaco en la televisión. Ya lo recuerdo, estaba aquí antes de marcharme al futuro y a la profecía de la pera que pende sobre mi cabeza, sigo sin saber cómo llegué al abismo, ni tampoco alcanzo a vislumbrar lo que me aguarda abajo, más la sempiterna angustia hace que me truenen las tripas. El presente se me escapa por el miedo a lo que se oculta debajo de mi almohada cada noche, a esa pelota brillante que rebota cada día de izquierda a derecha.
Una pera, eso fue lo que respondió.
Si la sostengo entre mis manos, puedo lanzarla, aplastarla, morderla, tirarla. Está a mi alcance, pero no puedo mirar más allá del amarillo verdoso que se colorea en su cáscara. Dependiendo del lugar, simboliza gracia, fertilidad, o inmortalidad. ¡Inmortalidad! ¿Y para qué querría alguien ser inmortal? ¿Y qué significa eso? Podría ungirme con las aguas de los ríos polutos y multiplicar el fruto hasta que alcance para todas las personas que siempre han devorado a la angustia. O quizá yo podría ser la plaga que consuma al peral que hasta entonces resistía la sequía, soy el ominoso grito que convocó a los jinetes para limpiar la tierra antes de que se destruya más de lo que ya está. Inmortalidad es lo que tendrá el dolor que queda impregnado en la arena del tiempo, el que se escapa de las laringes saladas para correr por su vida en medio de un desierto que borra sus pasos.
Una pera, eso fue lo que dijo.
Tomé un cuchillo de la cocina para intentar dar forma de animal a la pera, para moldear la carnosa pulpa en alas, cuello y cuerpo de cisne. No vale la pena intentar convertirla, no lo vale porque, para empezar, estoy esperando que valga algo. ¿Podrá realizarse una metamorfosis que convierta la pera en ave y pueda resolver el misterio con mayor facilidad? No. Antes bien podría dar un bocado a la fruta sin intervención de ninguna sierpe y disfrutar el sabor que se une con el vino de los campos magullados. No hay utilidad en resolver el enigma, porque a este seguirá otro, y a este otro, y así sucesivamente; hay locura en perseguir lo que no traerá ningún beneficio, eso dijeron los hombres de traje. Cuando les pedí ayuda, me murmuraron que una pera puede dar un peral, y este muchos más, y así lo vendería y viviría y seguiría y seguiría. Me dijeron que me haría feliz y que a ellos los haría aún más. Lancé el cuchillo en su dirección, sus formas se disolvieron en petroquímicos que de inmediato se fueron por las alcantarillas en busca del río y de las venas más cercanas.
Pera, eso cayó sobre mi mente y se quedó sobre mi regazo.
Sigo caminando por las aceras que siempre he visto, los bloques de materia gris que otras personas llaman concreto, son los cadáveres que esperan el momento en que las plantas de diente de león y de otras especies se apoderen de sus brechas y los conviertan en un organismo entero que se sobrepone a los grandes rascacielos. Ahora que lo pienso, quizá no es una pera lo que realmente no entiendo, a lo mejor todo proviene del hecho de que siempre me quedo mirando a las personas que pasan en la calle, preguntándome qué es lo que ven que yo no. El corazón de una pera color del sol se cierne sobre nuestras cabezas y las alzamos para sentir el calor que calentó a los huesos de nuestrxs abuelxs. ¿Acaso desafié a lxs diosxs al pedir una respuesta a las preguntas en las que ellxs mismxs nos abandonaron? Una palabra al azar pedí, y me encontré con un alimento, con la vida que parece estar tan perdida últimamente. Un bocado que puede regalarse cuando unos ojos pispiretos sigan el jugo de la fruta y deseen ser compartidos. Ahora, si le doy la vuelta y coloco las sílabas en un traductor, el idioma javanés sale a luz y me responde que “arep” significa “yendo”. ¿Y esto a dónde va yendo?, ¿a dónde rueda la pera que va yendo?
A lo mejor la respuesta podría encontrarse al interpretar la pera como un apócope de espera, un «‘pera»… aunque viéndolo en perspectiva, eso podría resultar contradictorio con la definición javanesa. ¿“Esperar yendo”? ¿Aún hay tiempo de esperar mientras seguimos yendo hacia el futuro? Suena hermoso. Esperar, dejar las prisas y mirar el presente que se convierte poquito a poquito en futuro, pero esperando a que los que quedan atrás nos alcancen y podamos reunirnos al amanecer, en un sitio de descanso seguro, sin temor a lo que vendrá una vez que el otoño llegue a su fin. Es la espera de una fruta suspendida de la rama de un árbol, una espera que no es estática, sino que absorbe la luz de cada día para asegurar que, el día en que caiga, sea una pera bien cosechada, digna de las manos de la Sabiduría.






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