Mar con “M” de melancolía
- 14 jul
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Elena C. Flores Corona
A lo lejos, hay un faro colocado al borde de un risco, en medio de una tormenta, las olas espumosas chocan contra la roca oscura. Esta imagen pertenece al video musical de “Où vont les Tempêtes”, canción de la artista Meimuna; esta canción es de mis favoritas, una que descubrí hace cuatro años, cuando se coló en mi página principal de YouTube, y que entra en la categoría de música que no puedo dejar de escuchar, pero que, más importante, me hace sentir algo. Hay canciones que me gusta cantar, otras que sólo me gusta escuchar, y otras que mueven algo primigenio dentro de mí, que logran arrancarme de mi presente para llevarme a un sitio diferente, a la emoción diluida de un pasado que ni siquiera sabía que añoraba hasta entonces. “Où vont les Tempêtes”, que se traduce al español como “A dónde van las tormentas”, tiene una letra narrativa que habla acerca de dos personas resguardadas de un huracán y del eventual paso de la tempestad. En este sentido, la historia que cuenta pertenece a un momento anterior, es decir, está configurada como un recuerdo. La duda que da nombre a la canción es su último verso, y es lo que una de las voces le pregunta a la otra cuando el sol por fin aparece en el horizonte. Si bien yo no sabía la traducción de la letra hasta que la busqué, no fue necesario tener la consciencia de ella para que, desde la primera vez que la escuché, me embargara una melancolía peculiar.

Primero intenté achacar esta sensación al ritmo lento de la música y la voz suave, sin embargo poderosa, de la cantante. Después supuse que tenía que ver con el final, que es casi un minuto de puro instrumento, en el que resaltan la flauta, el clarinete y los tambores —a partir del minuto 3:44 empieza esa avalancha de sonido que marca un ritmo que asocié con un barco ondulante a la deriva y con el movimiento de las mareas—. A pesar de que, en un inicio, pensé que la melancolía se destilaba de un elemento, terminé por darme cuenta que era toda la producción del video lo que la generaba. Tuve claro entonces que esto iba mucho más allá de la interpretación de lxs músicxs. La canción no era melancólica solamente por estar descrita como una memoria, sino porque estaba relacionada de forma directa con el mar. El primer augurio de este aparece al principio, cuando, al fondo de la canción, suena algo parecido a los graznidos de las aves marítimas, tal vez gaviotas. A continuación, la historia narra la incierta experiencia de atravesar una tempestad marítima, el huracán, en una narración que se encuadra con el sentimiento de lo sublime: el agua marina y el agua de lluvia se enlazan en una potencia inquebrantable que infunde miedo a las voces, y que también se refleja en sus lágrimas. El viento se levanta mientras esperan a que pare la tempestad. Junto a la música, vemos el paisaje del risco, en el que la luz constante del faro indica la única certeza en la costa brumosa.
Con esto en mente, me puse a repasar el resto de mis canciones favoritas de Meimuna, y encontré que varias de ellas comparten este rasgo entre el mar y la melancolía. Por ejemplo, en “Au temps des coquillages” —“A la época de las conchas”—, la voz lírica habla de que desea volver a la época en que su hermana y ella vendían conchas en la playa; otra vez, el mar y el recuerdo forman una tríada con la añoranza por un instante lejano. Por su parte, en “La nuit je danse” —“Por la noche bailo”—, el estribillo dice “Tú me pides que vayamos a ver el mar, y yo quiero navegar en el océano”, lo que, aunado al resto de la letra y a su tono lento, propicia de nueva cuenta una atmósfera de contradicción e inquietud. En estos casos quedó confirmado el vínculo entre los motivos marítimos y lo melancólico, lo que me llevó a preguntarme si era algo exclusivo de la producción musical de la cantante o si, por el contrario, aparecía también en otros medios.
Un vistazo a las banderas en la costa
コクリコ坂から Kokuriko-zaka kara, título traducido al español como La colina de las amapolas, es una película de animación de Studio Ghibli, estrenada en el 2011; en ella se cuenta la historia de Umi Matsuzaki y Shun Kazama, dos adolescentes que viven en un pueblo a la orilla del mar y cuyas vidas se verán entrelazadas de una forma inesperada. La influencia del mar es patente a lo largo del filme, pues es el lugar en el que el padre de Umi, un oficial naval, murió, y donde el padre de Shun, capitán de barco, trabaja. Sin hacer más spoilers de la película, puedo decir que la memoria, tanto individual como colectiva, toma gran importancia en el desarrollo de la trama, y que el encuentro entre un pasado desconocido y un presente lleno de sueños provoca que ambxs protagonistas se hallen en un punto de no retorno en el que, con todo, no pueden evitar girar la cabeza hacia atrás. El océano estestigo del crecimiento de los personajes, de igual manera, es un ente que permite su encuentro y que otorga, en última instancia, la respuesta al enigma que lxs une. Por si esto fuera poco, incluso podemos ver cómo ellxs se comunican a través de un lenguaje propio del ámbito marino: el lenguaje de las banderas. Ellxs interpretan el significado de las banderas que una iza cada mañana desde su patio y a las que el otro responde desde el mástil del barco.

La imagen arriba pertenece a uno de los paneles finales, en el que Umi y Shun viajan de vuelta al puerto a bordo del barco del padre de él. En el fondo, suena la canción さよならの夏 “Sayonara no Natsu” —en español algo como “Verano del adiós”—, otra pieza que, como las canciones de Meimuna, contiene instrumentos de viento, en este caso lo que parece ser un acordeón, y que, en lo personal, también evoca el sentimiento de la melancolía y del mar. Los colores de la animación contribuyen al incremento de la sensación, pues el atardecer sobre las nubes habla de un momento efímero que, como el recuerdo, se disipa.
Así, el final
Mi intención con este texto no es pretender asumir la autoría de descubrir que el mar es un elemento cargado de simbolismo y que, en muchas instancias, se puede relacionar con la melancolía. En esta ocasión quería contarte un poco acerca de en dónde fue que me topé con este motivo y de cuáles son las producciones, musicales o cinematográficas, que tratan el tema y que más me gustan. Creo que las canciones de Meimuna y la película de Ghibli tienen muchos puntos en común, ambas me fascinan en demasía y se han convertido en obras a las que no puedo evitar regresar. Puede ser por mi propio carácter melancólico, puede que sólo sea la dulce sensación de añoranza que me dejan, sea lo que sea, las dos demuestran algo muy peculiar: incluso una persona que ha pasado toda su vida entre montes puede llegar a sentir nostalgia con las olas del mar.






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