Lo que acecha bajo la superficie
- 14 jul
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Elena C. Flores Corona
«Qué decir del océano», pensé en cuanto hablamos de elegir el tema para nuestro segundo número. Hace casi diez años que no voy a la playa, y mi hogar no se acerca para nada a un paraíso tropical —en parte lo agradezco, porque no tolero bien el calor—, así que… ¿qué podía decir yo sobre esa extensa masa de agua salada que nos rodea? Imaginé las olas en el mar abierto y, de un modo u otro, terminé con Pacific Rim (2013), o Titanes del Pacífico, como tema de este artículo. Dirigida por Guillermo del Toro, es una de mis películas favoritas, y recuerdo con plena exactitud cómo fue que, luego de ser recomendada por un amigo de la secundaria, me animé a verla por allá del 2018; debo decir que fue la mejor decisión que pude haber tomado en el momento, porque me fascinó por completo. Hay muchas cosas que destacar del filme, por ejemplo, sus efectos especiales, su elenco o su soundtrack, todas geniales de un modo u otro. De entre sus rasgos destacables quiero señalar, y esta es la razón que nos tiene hoy aquí, su premisa. Por supuesto, antes de su estreno ya teníamos antes un buen repertorio de historias sobre criaturas alienígenas que arribaban a la Tierra con la intención de apoderarse de ella, sin embargo, no recuerdo ninguna en la que el peligro llegara desde las profundidades del océano. La trama es sencilla: una brecha interdimensional se abre en el mar, a través de ella, una raza alienígena envía monstruos destructores que la humanidad nombra como kaiju —del japonés, bestia extraña—, y a los que combate con los jaeger —del alemán, cazador—, robots pilotados por dos personas conectadas a la máquina por medio de una conexión neuronal. Después de un par de altibajos, el héroe y la heroína, Raleigh Becket y Mako Mori, logran destruir el agujero de gusano entre ambas dimensiones y salvar al planeta de su inminente dominación. Como dije, es una historia simple, en ciertos momentos rápida, y aun así no deja de sorprenderme cada vez que la veo; creo que se debe a la predominancia del océano como escenario.
En un primer momento, el filme impacta con la narración en primera persona de Raleigh, quien relata los primeros ataques kaiju en San Francisco y Manila. Frente a la pantalla, la inimaginable visión de la criatura adquiere forma y la observamos mientras emerge del agua, destruyendo con sus garras el puente Golden Gate; el ataque de los aviones militares es inútil, y el monstruo continúa su camino, impenetrable. En Filipinas, una alarma se enciende y una luz roja parpadea, continua como la amenaza del kaiju; las personas corren, los edificios se sacuden ante una inminente escisión en la realidad: las construcciones ya no son lo suficientemente altos o fuertes y, en su interior, lxs humanxs se escurren como hormigas desesperadas. A continuación, Raleigh nos habla del origen del Programa Jaeger y de la necesidad de “crear nuestros propios monstruos”. Entonces observamos los encuentros entre ambos titanes —pun intended— y caemos en cuenta, por primera vez, de la magnitud de las batallas, el poder de ambos enemigos; en medio de los golpes, espadas y mordidas, del ácido y de los pulsos electromagnéticos, los objetos cotidianos adquieren una dimensión casi ridícula: un buque de carga se convierte en una mancuerna para el mecha, el rascacielos un Jenga tamaño dinosaurio. Durante estas escenas de acción, pareciera que no existe nada más allá del poder de los dos combatientes, ahora bien, la película no es sutil en demostrar que los kaiju y los jaeger no son la última demostración de lo inconmensurable; no, eso es el mar.
La ausencia de límites en un gran charco de agua salada
¿Quién puede ver el mar y no preguntarse si de verdad tiene un final? Más allá de la costa y las bahías, de las islas o las masas continentales, el mar nos obliga a quitar la mirada del espacio exterior y cuestionar qué cosas no habrá en sus profundidades. En esta duda existencial es que se basa Titanes del Pacífico, y es gracias a ella que podemos observar la película con la incómoda certeza de que, en verdad, no tenemos la más remota idea de qué hay allí. Recuerdo que, en mi primer semestre en la carrera, durante un ejercicio sobre buscar temas para tratar en un ensayo, mi amiga y coeditora Sam mencionó como posible tópico el por qué se dejó de investigar la vida marina y, en su lugar, se buscó una respuesta más allá de la atmósfera. Es válido decir que no somos las únicas que se han topado con esta pregunta, que adquiere mucho más peso al enfrentarse a la imaginación humana; parece que estamos inclinadxs a mirar a la nada bajo la superficie y pensar “¿qué no hay allí?” ¿Atlantis?, ¿naufragios de barcos de la época renacentista?, ¿tesoros enterrados en la arena? o, quizá, ¿criaturas dormidas que aguardan el momento oportuno para emerger de esos pozos oscuros de presión aplastante? —y sí, hablo de ti, Cthulhu (nota importante: no me cae bien Lovecraft)—. Parece que, desde tiempos remotos, hemos metido los pies en el agua con la certeza de que no es y nunca será nuestro territorio.
Mientras escribo, otro recuerdo universitario se me aparece: la bellota profana. Suena extraño, lo sé, ¿qué demonios es una bellota profana? Pues eso mismo reclamé cuando el término apareció en un cuestionario de la clase del profesor Santillana. Resulta que la susodicha bellota no era otra cosa que una metáfora para un barco —de acuerdo con el profesor, la silueta del fruto seco era similar a la de la nave de Jasón—. Se decía que era profana porque, según la mitología, el mar estaba vedado del alcance de lxs humanxs, de manera que, al aventurarse con los argonautas, el héroe griego había cometido una afrenta contra lxs diosxs, una que, desde luego, tendría que ser castigada. Si bien la relación entre una película de ciencia ficción del 2013 con un canon antiguo no es realmente evidente, me parece interesante la conexión entre lo que ambas proponen respecto a sus discursos sobre el océano. Una habla acerca de la incertidumbre que pulula debajo de las olas, el otro sugiere que es un páramo que no está destinado para la ocupación de la humanidad; aquí surge la concordancia simbólica de que el mar está configurado como un ente vivo que no puede ser conocido ni, por lo tanto, controlado, y que, antes de caer ante el poder de la ambiciosa curiosidad de las personas, las engullirá en sus aguas. Con esto en cuenta, no resulta descabellado asumir que la razón de que existan tantos mitos y leyendas respecto al mar es porque siempre será ese lugar sin límites en el que la razón entra en conflicto —como el desierto, el océano supone un espacio en el que los sentidos se ven afectados y la autopercepción se altera—. Dentro de él dibujamos figuras extravagantes que, incluso si son sometidas a la lupa de la ciencia y arrebatadas de su cualidad fantástica, mantienen su posición como sombras posibles, sino probables, dentro de las mareas.
Tal vez no existan los kaiju como Godzilla o como los de Titanes del Pacífico, quizá Cthulhu y el Kraken son sólo pesadillas de mentes perturbadas; sin embargo, es importante recordar que, una vez que algo se instala en el imaginario cultural, permanece latente como una idea que nos acerca a la locura de contemplar lo que no tiene final. Lo sublime no se encuentra exclusivamente en los picos del Brocken, también está en flotar sobre la Fosa de las Marianas, allá donde nos encontramos de frente con lo desconocido, con una naturaleza tan inmensa que deja de ser comprensible. Como en la película, hemos creado nuestros propios monstruos, seres complejos que auguran un peligro más grande: el vacío que habitan.




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