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La gran ola de Kanagawa

  • 14 jul
  • 3 min de lectura
Karen D. M. 

Mi familia siempre se ha dedicado a la pesca y sentimos mucho orgullo por ello. Hemos ganado fama de ser los mejores pescadores de todo Japón, o eso dice mi abuela. No tengo manera de constatarlo, pues jamás he salido de Kanagawa, pero no dudo que tenga razón. Los pescados  traídos por mi papá, tíos, hermanos y primos son los primeros en agotarse en el mercado porque  tienen un sabor como ningún otro. 


Hoy por fin cumplí la edad necesaria para acompañar a mi familia al mar y ejercer por  primera vez el oficio que por derecho es mío. Toda mi vida he estado ansioso por este día. No he  podido pegar el ojo durante la noche por la emoción, pero, sorprendentemente, no tengo sueño ni  estoy cansado; es más, nunca me había sentido con más vida. 


Desde que tengo memoria he tenido una fascinación impresionante por el mar. Me parece que la  marea y las olas son las fuerzas más poderosas que rigen nuestro planeta, quizá incluso el universo. Le tengo un gran respeto. Espero que podamos llevarnos tan bien como lo ha hecho con mis ancestros, y que me permita seguir con la tradición familiar. 


Antes de irnos hacia la playa, me despido de mi madre y de mi abuela y les prometo que se  enorgullecerán. Llegamos al muelle y yo soy el primero en treparme a una de las dos embarcaciones alargadas que posee mi familia. Uno de mis tíos, el más viejo de todos, dice que hoy hace un tiempo perfecto y que está seguro de que el mar no nos dará problemas. Dicho esto, nos damos a la tarea de zarpar. Ya adentrados en el océano, soy testigo, junto con el Monte Fuji, de cómo las aguas reinan el horizonte. 


De verdad que ya estoy harta. Harta de que los seres humanos se lleven a mis hijos como si me  sobraran. ¿No se dan cuenta de que yo soy la reina del globo? Abarco casi tres cuartas partes de la superficie del planeta que ellos declaran como suyo. Y ni se diga en profundidad, poseo más secretos en los abismos de los que la mente humana podría imaginar. 


¡Necesito establecer orden ya! Si no es ahora, ¿cuándo? ¿Cuando evolucionen sus tecnologías y me contaminen a mí y a mis hijos? ¿Cuando sea tan alto el número de humanos que para alimentarse lleguen a maltratar y matar a casi toda mi descendencia? ¡Ni hablar! No lo permitiré. Hoy es el día en el que les demuestro quién manda aquí. Pero ¿cómo? Mi primera idea es provocar un tsunami, pero tampoco quiero perjudicar a las otras especies terrestres, con ellas mi relación es bastante buena y sana. No, mi problema es con la especie humana. ¿Cómo le hago para darles una lección sólo a ellos? ¡Ya sé! Los pescadores. 


El mar parece estar enojado. De un momento a otro, las aguas se empezaron a agitar, y las olas a  subir de tamaño. Se comporta como si estuviésemos dentro de una tormenta, pero no está  lloviendo. Algo anda mal. Puedo ver el sentimiento de preocupación que se forma en las caras de  mi papá, tíos y hermanos. Mi papá me grita que todo va a estar bien, que me sujete fuerte y que pronto pasará. La verdad es que yo no estoy preocupado, estoy asombrado por la majestuosidad del mar en estos momentos. Es impresionante cómo sus movimientos pueden ser agresivos, pero a la vez elegantes, creando curvas casi perfectas. Quizá esta es la forma con la que el mar ha elegido darme la bienvenida: un magnífico espectáculo. ¡Vaya que es el mejor día de mi vida! Ahora, la ola más grande que he visto en toda mi existencia se manifiesta delante de nuestros ojos. Un tamaño increíble de varios metros de altura. La gran ola nos engulle después de lo que me parece una eternidad, la embarcación se rompe, yo no puedo resistir la hermosa fuerza brutal del mar y sin querer me suelto. Ahí, en el lugar al que más pertenezco, mientras lo que más adoro penetra hasta mis pulmones y me hace suyo, me doy cuenta de que el mejor día de mi vida es también el último.

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