La transformación de la sirena
- 14 jul
- 3 min de lectura
María Magallanes Madrid
Si bien muchxs crecimos jugando a las sirenas en la playa o cantando “Bajo del mar” a todo volumen, es raro pensar que una figura tan asociada con la infancia tenga un origen tan oscuro. Hoy las sirenas aparecen en mochilas, fiestas infantiles, juguetes y hasta shampoos para niñas, pero durante siglos fueron criaturas relacionadas con el peligro, la muerte y el deseo.
Las primeras sirenas daban miedo de verdad.
En los relatos antiguos atraían marineros con su canto para llevarlos al naufragio. Existían como una advertencia, casi como una representación de la tentación imposible de resistir. Y aunque hoy pensemos en ellas como seres fantásticos, hay teorías de que muchos de los relatos sobre sirenas nacieron gracias a marineros que confundieron manatíes con figuras humanas a la distancia, especialmente después de pasar meses en altamar. La idea es extraña y hasta un poco chistosa ahora, pero demuestra cuánto tiempo llevamos obsesionadxs con imaginar mujeres dentro del océano.
Con el tiempo, esta imagen cambió y las sirenas comenzaron a convertirse en las mujeres pez que conocemos hoy. Pero incluso así siguieron siendo figuras incómodas. En muchas pinturas medievales aparecen peinándose frente a un espejo, relacionadas con la vanidad, la sexualidad y el pecado femenino; básicamente, una especie de femme fatale acuática.
Por eso es tan interesante lo que ocurre con La sirenita. El cuento original de Hans Christian Andersen está lejísimos de ser una historia infantil feliz. La protagonista pierde la voz, siente un dolor horrible cada vez que camina y termina convertida en espuma de mar. No hay boda alegre ni “vivieron felices para siempre”. El cuento tiene algo muy triste, casi desesperado. Pero Disney vio potencial ahí.
A finales de los ochenta, Disney necesitaba una película exitosa y La sirenita terminó siendo el inicio del Renacimiento Disney. Ariel tenía todo para perdurar: un diseño visual muy reconocible, un mundo lleno de color y canciones fáciles de vender. La película convirtió a la sirena en producto.
Pero para hacer eso tuvieron que suavizar casi todo lo perturbador de la figura original.
La criatura que antes simbolizaba peligro ahora era una adolescente curiosa que coleccionaba tenedores. Ya no atraía hombres hacia la muerte, ahora los salvaba y soñaba con enamorarse; la femme fatale se convirtió en princesa Disney.
Y algo interesante es que en inglés todavía existe cierta diferencia entre la sirena monstruosa y la infantilizada. La palabra siren suele usarse para hablar de la criatura peligrosa de la mitología, la que seduce y destruye. En cambio, mermaid se asocia mucho más con la mujer pez fantástica y amigable que aparece en caricaturas o películas infantiles. En el español no tenemos esa distinción, las dos siguen siendo nombradas “sirena”, como si Ariel y las criaturas de los mitos fueran lo mismo.
Aunque vale la pena señalar que Disney no eliminó por completo la parte violenta de la sirena en sus largometrajes. Eso se ve clarísimo en Pirates of the Caribbean: On Stranger Tides, donde las sirenas vuelven a aparecer como criaturas agresivas que seducen hombres para matarlos. Es probablemente una de las representaciones más cercanas al mito original, en la que son hermosas pero también aterradoras.
Pero, a pesar de que pueden estar relacionadas con la seducción, la violencia y la muerte, el público no deja de amar la imagen de la sirena.
Creo que esto ocurre porque, a diferencia de otros monstruos, la sirena nunca perdió del todo su atractivo visual. La cultura terminó romantizando tanto el océano, y todo lo relacionado con él, que las sirenas pueden ser violentas y aspiracionales al mismo tiempo.
Durante los noventa y los dosmiles, hubo un boom enorme de esta estética. Sirenas en caricaturas, maquillaje brillante, ropa infantil, juguetes, decoración de cuartos. Y ahora existe hasta el mermaidcore, toda una estética de internet basada en colores iridiscentes, fantasías marinas y nostalgia.
Así, la sirena pasó de ser una advertencia sobre el peligro femenino a convertirse en algo completamente comercializable.
Al final, las sirenas nunca dejaron de cambiar porque, en realidad, siempre han cambiado con nosotrxs. Cada época les dio un rostro distinto según lo que necesitaba imaginar: un monstruo, una víctima, una princesa o un ícono de internet. Y quizá esa sea la razón por la que siguen apareciendo una y otra vez. No porque ya no den miedo, sino porque todavía nos sirven para hablar de aquello que seguimos sin poder explicar del todo.






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