Fleabag y el poder de hablar sola
- 30 jun
- 3 min de lectura
María Magallanes
Tengo que admitir que soy una chica chismosa, por lo que, cuando los medios mostraron que Paul Mescal y Daisy Edgar-Jones se disfrazaron de Fleabag y el Hot Priest mientras él estaba saliendo con Phoebe Bridgers, tuve que enterarme del contexto de ese disfraz. Lo que comenzó como una investigación motivada por el chisme terminó llevándome a una de las obras que más me han hecho reflexionar sobre la escritura dramática. Primero vi la serie y, tiempo después, descubrí que Fleabag había nacido como un monólogo. Entonces todo tuvo sentido.
Hasta ese momento yo veía el monólogo como una forma teatral complicada. Me parecía difícil sostener la atención del público durante tanto tiempo con una sola voz en escena. Sin embargo, Fleabag me hizo entender algo que ahora parece obvio: cuando un monólogo está bien escrito, no se siente como una persona hablando sola, sino como una conversación íntima entre el personaje y quien escucha. La protagonista no nos cuenta su vida; nos la confía.
Al descubrir el origen teatral de la obra entendí que la famosa ruptura de la cuarta pared de la serie no era un recurso ingenioso creado para televisión. Fleabag no está hablándole a la cámara; está hablándonos a nosotrxs. Cada mirada, cada comentario incómodo y cada confesión que hace en secreto provienen de una lógica teatral donde el público es indispensable. De pronto comprendí que lx espectadorx no siempre ocupa una posición pasiva. A veces forma parte de la estructura dramática misma.
Pero quizá lo que más me marcó de la obra fue su protagonista. Estamos acostumbrados a personajes que, aunque cometan errores, terminan siendo moralmente correctos o fácilmente justificables. Fleabag no. Es egoísta, hiriente, impulsiva, miente, toma malas decisiones y constantemente sabotea su propia vida. Sin embargo, nunca deja de ser humana. La obra me hizo darme cuenta de que unx protagonista no tiene por qué estar bien para ser interesante. No tiene que ser un ejemplo a seguir, ni una persona admirable, ni alguien que siempre aprende la lección correcta. A veces basta con que sea real.
Como escritora, eso fue una revelación. Muchas veces sentimos la necesidad de justificar moralmente las acciones de nuestros personajes o de suavizar sus defectos para que el público los quiera. Fleabag demuestra lo contrario: podemos acompañar a un personaje incluso cuando desaprobamos lo que hace. La empatía no surge porque sea perfecta, sino porque entendemos de dónde vienen sus errores, su dolor y su incapacidad para relacionarse con lxs demás. La vemos equivocarse una y otra vez y aun así seguimos ahí, escuchándola.
También me hizo pensar en cómo funciona el humor dentro del monólogo. Muchas veces la protagonista utiliza los chistes para evitar enfrentarse a emociones dolorosas. Cada broma aparece justo cuando la conversación se acerca a una herida que todavía no puede tocar. La comedia deja de ser solamente entretenimiento y se convierte en un mecanismo de defensa. Reímos, pero debajo de la risa siempre hay algo roto. Esa mezcla entre humor y dolor es una de las mayores virtudes de la obra y una demostración de todo lo que puede hacer una sola voz cuando está bien construida.
Como estudiante de literatura y dramaturgia, Fleabag también cambió mi manera de entender el potencial del monólogo. Muchas veces se piensa que es una forma menor o limitada porque carece de los intercambios tradicionales entre personajes. Sin embargo, la obra de Phoebe Waller-Bridge demuestra exactamente lo contrario. Un monólogo puede contener conflictos, tensiones, relaciones complejas e incluso personajes que nunca aparecen físicamente en escena. Todo existe a través de la palabra y de la capacidad de quien habla para hacernos imaginar el mundo que la rodea.
Gracias a Fleabag comprendí la fuerza del monólogo como herramienta dramática. Entendí que una sola voz puede sostener universos enteros, construir personajes memorables y generar una conexión emocional tan profunda como cualquier elenco numeroso. También entendí que lxs protagonistas pueden ser contradictorixs, desagradables y estar profundamente rotxs sin perder su capacidad de conmovernos. Lo que comenzó como una búsqueda impulsada por el chisme terminó convirtiéndose en una lección sobre dramaturgia. Y, aunque suene exagerado, creo que desde entonces ya no veo los monólogos de la misma manera. Ahora los veo como una de las formas más difíciles, pero también más poderosas, de contar una historia.






Comentarios