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Ensayotomía por glosastitis y cronoalgia

20 oct
11 min de lectura

Elena C. Flores Corona


Advertencia: el siguiente ensayo contiene muchísimas menciones de las palabras ‘ensayo’ y ‘ensayístico/a’, además de estar algo enrevesado. Se recomiendan paciencia y discreción.


Uno, el ensayo que ensayo

Hacer un ensayo, ensayar acerca del ensayo, esa es la cuestión. El tiempo fuera del ensayo casi llega a su fin, y los ensayo-segundos y ensayo-minutos de los días fuera de la revista se están terminando. Tras un tiempo dedicando mi pluma a realizar textos ensayísticos de todas las especies, formas, y colores, he de admitir que mi cerebro se encuentra ofuscado y no tengo idea de qué decir; una parte de mí piensa que ya lo he escrito todo, que no tengo nada más con qué manchar la página, ni sobre el ensayo, ni sobre las palabras, ni sobre el lenguaje. A pesar de todo, y abogando por la simpleza, me pareció buena idea aprovechar este espacio para presentar mi propia definición de este ente literario. 

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, un ente es “Lo que es, existe o puede ser”, y esto, para mi gran sorpresa, parece bastante acertado con aquello que quiero dar a entender —quizá esta sea la primera ocasión en mi vida en que la RAE tiene razón en algo—; en fin, el ensayo, como ente que es, existe o puede ser, es parte de la literatura, de la literariedad, porque se encarna en todos los discursos que pueden atravesar la realidad humana. Y sí, digo que es parte de la realidad humana porque es la única que podemos conocer; personalmente, no tengo idea de si el mosquito que me molesta en las noches tiene una larga trayectoria ensayística acerca de su mosquitera realidad y la sangre, pero ¿quién más que él lo sabe? 


El ensayo que conocemos es humano, intrínseco a nosotrxs, acaso una extensión del cráneo o del dedo pulgar. Es un híbrido que, como el camaleón, puede imitar las formas que quiera; puede brillar en papel caro y sedoso, puede agonizar en una página web de fuentes académicas, o puede sobresaltar dentro de un video de Youtube; para mí, es una escena incompleta, un bosquejo calcado que, más allá de intentar alcanzar el rango de teoría o ley, captura un instante en el tiempo. Este organismo no clasificado es una de las presentaciones más peculiares del mundo desde la perspectiva humana, un compendio que guarda dentro de sí retazos de una vida. Ensayar implica desgarrar la carne y exponer el hueso, sin protección, a un ambiente que muchas veces puede ser hostil; como suele pasar tras correr un riesgo, sanamos del susto y volvemos a intentarlo, pero la cicatriz ensayística permanece. Somos el momento en el que escribimos el ensayo, y el ensayo es el momento que nos escribe como personas. Tal es su función encapsuladora que incluso una de sus facetas más complejas, quizá menos apreciadas, el ensayo académico, puede ser el relato de las lágrimas de frustración y tazas de café que costó su creación a quien lo hizo. Literalmente, es sangre, sudor y lágrimas. 


¿Y dónde, por cierto, habitan los ensayos? Voy a ponerme la chaqueta y el sombrero de explorador e intentaré catalogar el hábitat natural de esta fascinante criatura; mientras lo hago me detengo en seco y me pregunto: ¿a quién serviría tal catálogo? Aquí no practicamos métodos enteramente positivistas, así que puedo darme el lujo de ser reductiva y decir que el ensayo es una especie endémica de todo el mundo, en cualquier tiempo; puede estar oculto entre las fragancias indeseables del pasillo de perfumería, o los sacabuches en la pared del baño, y sus ciclos de vida no son predecibles.


Observándola desde este párrafo, la definición anterior, por desgracia y por fortuna, parece quieta e inmóvil. Este hecho es desgraciado porque eso me remite al frío diccionario que no parece encajar en mi librero, pero que no elimino del paisaje de mi biblioteca diminuta; es afortunado porque, gracias a la magia del lenguaje, puedo hacerla mutar cuando quiera: agregar, estirar, comprimir. Ensayo es lo que hago ahora, un intento de guardar lo que pienso al instante en que se esfuma, cuando los segundos se me van y las horas llegan sin aviso. Ensayar es estar despiertx mientras el hilo en tu cabeza se comienza a enredar en torno a una idea, cuando gastas monedas temporales para deshacer el nudo y, dándote cuenta del valioso bordado que es, lo plasmas en un soporte. Dentro del concepto está también el tomar decisiones peligrosas, el soltar un cuchillo al aire, incluso sabiendo que podría caer en un ángulo desafortunado y abrir una herida tan dolorosa como una cortada de papel; al final no importa, porque es sólo una prueba, el primer esbozo. No tengo el gusto de conocer, al menos no en persona, a Michel de Montaigne, el escritor al que se le atribuye la paternidad del ensayo, pero estoy segura de que sus ensayos, además de intentar compartir su experiencia como él mismo, le permitían reafirmar su vida dentro de la torre de marfil. Michel ensayaba lo que hacía, se perpetuaba con la repatriación de su tiempo-espacio en el infinito del lenguaje. 


[Breve interludio sobre el lenguaje]

Ahora, ahora, ahora, diré algo bastante contradictorio. El lenguaje finito es infinito, el lenguaje denotativo es inefable. He llegado a la conclusión de que es momento de dejar atrás la crisis de la representación. Y sí, esto puede sonar extraño proviniendo de una persona que conoce de primera mano la ansiedad que provoca la falta de certeza y las múltiples crisis que de ella pueden surgir, pero el punto es que mi experiencia —de nuevo, sólo puedo hablar desde mi posición— me ha dado la oportunidad de comprender que el caos puede trascenderse. Estar tumbada en la cama, envuelta como capullo de sarapes, y salir luego a continuar respirando. Así, ha llegado la hora de que el lenguaje se supere a sí mismo. Sí, es sólo representativo, está alejado de la realidad, ¿y eso qué? La indeterminación es el primer paso para la creación infinita, para un tejido supremo de lo que nos rodea y lo que somos. Siguiendo con esto, digo que el lenguaje es inefable porque jamás puede ser comprendido. El lenguaje por sí solo es una expresión en el aire que depende del momento en que se dice, del contexto, e incluso si se repitiera en circunstancias similares, no sería igual. La inefabilidad del lenguaje es otra de sus variopintas delicadezas, funciona, por ejemplo, en el Yo, que no es el mismo que fue ayer, se adapta al paso del tiempo —sin importar su apariencia estática—, se mueve con singularidad por el tablero. Soy lo que soy porque, al mismo tiempo, soy lo que fui ayer y soy lo que soy hoy —eso sonó a trabalenguas, ¿no?—. Pensándolo con cuidado, ni siquiera la muerte puede matar ni al lenguaje ni al ensayo, porque el difunto sigue existiendo, porque el ensayo ensaya una y otra vez el momento de su escritura. Nuestras figuras progenitoras, el lenguaje y el tiempo, jamás se equivocan. 


Dos, de los ensayos espontáneos de una lengua indómita

Hasta hace unos momentos consideraba que la cantidad de ensayos que he leído es relativamente pequeña. Aquellos que he visto bajo el macroscopio del ojo son parte del programa de la universidad, y he leído menos de diez por gusto; no obstante, ahora caigo en la cuenta de que, sin darme cuenta, soy testigo y presencia de muchísimas existencias ensayísticas en el día a día. Por ejemplo, están las que me contaba mi abuelo cuando regresaba los jueves a casa de la universidad, los ensayos que ya pasaron y que recién está transcribiendo en mi cabeza, sus versiones cristalizadas, su expresión ahogada en amargura y melancolía. Asimismo, está el “Así es la vida” que decía mi abuelita cuando olvidaba la taza de café y me repetía sus palabras-ensayos más valiosas. Por otro lado, están las palabras oscuras que se reflejan en el parabrisas de la camioneta, los que escapan por la mandíbula del conductor entre oraciones benignas. Estos son, por mencionar algunos, los textos que leo cuando no los espero, los que saltan a través del pavimento y se hunden en los pliegues de mis vestidos, en los agujeros de las calcetas.  


Casi puedo afirmar que una conversación forma parte de la definición de ensayo. De nuevo, tal vez esta sea la razón por la que me gusta preguntar cosas en lugar de ser práctica y buscarlo en internet. El diálogo ensayístico es mucho más atractivo, más emocionante, que la definición de Wikipedia o de otra fuente en el monitor; el ensayo que sale de la garganta revela pedacitos de los otros tantos que conforman a la persona, cachitos de la totalidad que no siempre podrá conocerse. ¿A poco no es muchísimo más entretenido preguntarle algo a alguien, aguardar la respuesta y esperar su reacción? La gente, como unidad ensayística que es, ama las historias, los flashes que desaparecen del aire pero que se quedan en la memoria.


Tres, donde se evidencia el papel primordial de la curiosidad

Ya puedo contar con una definición, más o menos certera, de lo que es un ensayo. Nótese que, como dije con anterioridad, no es inamovible, y jamás llegará a serlo; una vez resuelta esta parte de la receta, es momento de agregar los ingredientes secos y mezclar. ¿Qué se necesita para hacer un ensayo? Pues más o menos lo mismo que para la creación de las Chicas Superpoderosas: azúcar, flores y muchos colores, el truco está, por supuesto, en no olvidar el ingrediente X. ¿Cuál es éste? Nada más y nada menos que la curiosidad. La puntada insidiosa que te lleva a subir por unas escaleras, la que se sobrepone al miedo y guía los pasos de una hasta la oscuridad rechinante que augura monstruos o lavadoras. A este ente lingüístico en cuestión le gustan las pruebas, los pasos inseguros pero que son dados de todas maneras. Y es que uno de los únicos elementos que cualquier ensayo debería tener es un espíritu curioso.


¿A quién le importa que un texto ensayístico esté escrito o no con curiosidad? A mí. Descubrir es uno de los verbos con mayor poder en nuestra cabeza, hallar y desvelar; si imaginamos por un momento que la etimología de ensayo no es latina, sino griega, entonces es afirmable que lleva el prefijo “en”, que significa dentro, y que esto hace referencia a su cualidad de brújula que señala hacia unx mismx. Si continúo con esta breve mentira fantasiosa, aclararé que la labor ensayística proviene de una actitud introspectiva, del análisis de las cosas invisibles para lxs demás. Ocupémonos del siguiente lexema imaginario, ¿qué hay de “sayo”? ¿será una abreviación de sayonara, ‘adiós’ en japonés? No tendría sentido, más que por obra de una crasis interlingüística, unir morfemas con diferentes orígenes, pero esto es un ensayo y de momento tengo el control. La etimología de ‘ensayo’, de acuerdo con la construcción de mi universo de palabras actual, es “adiós interior”; esto, audiencia culta, significa que el texto curiosea dentro de los sesos y los músculos de un cuerpo y después se despide, llevándose consigo un descubrimiento mínimo, pero revelador. Ensayar es voltear la cabeza a un espejo para encontrarte con tus ojos atentos, es descubrir lo que no sabes que está ahí.


¿Pueden sobrevivir los ensayos en un ambiente hostil, sin curiosidad? Sí que pueden, pero carecerán del colorido plumaje que da cosquillas a quien los encuentra; estos astutos doppelgängers se encuentran regados por doquier, procura evitarlos. 


Cuatro, donde las cabezas de ajo ruedan sobre el aceite de oliva

Recién me doy cuenta de que he olvidado exponer mi receta para el ensayo, ¡qué olvidadiza! Antes de pensar en las partes que lo conforman, es fundamental saber cómo es que llega a ser lo que es. En este tenor —esta frase es una cita—, expondré mi proceso para poner la masa en el horno y esperar el aroma de las ideas esponjosas por el calor: comienzo por estirar las piernas y mover la cabeza de lado a lado, girando los ojos hasta atrapar uno de los pensamientos que flotan en el aire y en el tiempo. Una vez en las manos, lo paso a un bowl de papel para que repose mientras coloco un pocillo con agua para preparar té o café; en este momento es necesario consumir la bebida recién preparada y comenzar a caminar de un lado al otro hasta que los huesos se alineen con la mente y se pueda comenzar a escribir. 


Una vez que la idea ha reposado lo suficiente como para duplicar su tamaño, entonces deberá de ser dividida en los pedazos que se consideren adecuados, cada uno de los cuales será amasado, estirado, y modificado con más ideas. Pueden agregárseles características de flores, lavanda, manzanilla, belladona; de esencias, vainilla, rosas; de sabores, chocolate, guayaba, o demás. Cada una de estas partes funcionará como componente del ensayo, y deberá estar balanceada con respecto a las demás. No debe olvidarse el ingrediente X, la curiosidad, que ya ha sido tratado en el apartado anterior. Para finalizar, disponga todo en una bandeja-hoja y ponga en el horno durante el tiempo que sea necesario. Una vez transcurrido, puede retirarse y decorarse con cuantas citas o bibliografías sean necesarias, debe ser revisado con cuidado para asegurar la armonía caótica de su constitución. Así, el ensayo está listo. 


Cinco, donde se evidencia la postura de alejamiento de una cabeza ensayística

¿Es posible resistir la tentación de cortar un bizcocho cuando recién ha terminado de cocerse y está caliente a más no poder? Sí, pero es difícil, toma la energía de cada fibra nerviosa. Lo mismo sucede con los ensayos, la emoción de colocar el que seguramente será el último punto puede llegar a sobrepasar la voz inconsciente que murmura “aquí hay erratas, te vas a quemar la lengua”. Puedes estar a punto de subir el archivo y mirar, con una mezcla de hartazgo, enojo y agradecimiento, la palabra mal escrita, la frase incompleta o el texto incomprensible. Si es posible, intenta tener un día o dos libres antes de la fecha límite de entrega, así podrás contar los diez pasos del duelo y alejarte del monstruo que tú, doctor Frankenstein, has creado, que vive.


Alejarse implica cerrar los ojos, repasar y reescribir. ¿Acaso quedó tan bien como se creyó la primera vez, o fue el efecto de la cafeína lo que la hizo ver así? Desde lo alto de una azotea puede verse el valle de casas que llegan hasta las faldas de una montaña, y dejar reposar el ensayo es pertinente para dar con cosas ocultas para el ojo cansado. Y no me refiero a simples errores, sino también a ideas que pueden madurar de la noche a la mañana y que agregan un sabor delicioso al vino ensayístico. Resulta de gran ayuda escuchar en voz alta el texto, así como dejar que otros oídos y otros ojos lo absorban; nada más nosotrxs conocemos al ensayo, pero, como es bien sabido entre la comunidad de lectores y escritores, hay cosas que siempre aparecen a la vista de alguien más. Cuando el telescopio encuentre los cráteres de la luna-ensayo, habrá que colocarse el traje de astronauta, protección básica para el orgullo y la flojera, y recorrer los terrenos lunares en busca de lo que deba cambiarse.


¿Hay persona a la que no le duela tener que cambiar, a veces por completo, algo que se ha trabajado durante mucho tiempo y con ahínco? No lo sé, y no me puedo incluir en este grupo. Hay dolor en borrar lo que costó varios minutos, hay moretones en las yemas de los dedos que dan de botonazos a la tecla supreme, derrames por la molestia —si han seguido los tipsionarios de Raquel, sabrán por qué aún así es importante borrar—. Y aunque el reloj se desgaste con cada palpitar, aún si parece que se escapa a mayor velocidad de la normal, sea como sea, será imperativo abrir el espacio entre el ensayo y la piel, dejando que tanto el tiempo como el lenguaje hagan lo que hacen mejor, que es cambiar, y así poder alcanzar el final prometido de la gran aventura ensayística.


Seis, donde la despedida se escurre debajo de la puerta como agua

A pesar de que ni el tiempo ni el lenguaje tienen una medida finita, un ensayo aparenta tenerla. Un ensayo viene y va, se despide, se mete bajo la alfombra de carpetas y archivos, pero asciende a las olas de la memoria de cuándo en cuándo. Asumir una postura capitalista —de propiedad privada— sobre este ente es insensato y dañino; cuando los planetas se alineen habrá que dejarlo ir, nos ha conocido, y lo hemos visto crecer mientras nosotrxs también crecemos. Puede resultar doloroso o indiferente, pero nada es igual tras dar click por última vez al botón de ‘guardar’ y dejar la página; el ensayo terminado crea un filamento de algodón para próximos tejidos lingüísticos, ensayos, novelas, cuentos, poemas, lamentos. Costuras de hastío, satisfacción, e inquietud permanecen, y lo que se ha hecho ya no podrá ser olvidado. Lo que se ata en el lenguaje no se desata ni con guadañas ni tijeras. Dicho esto, no lo olvidaré.


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