Bitácora de té
- 26 may
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Elena C. Flores Corona
Objeto de investigación: Té Earl Grey.
Antecedentes: Tiene diez años desde que me enteré de la existencia del té que los ingleses llaman Earl Grey, en otras palabras, té negro con sabor a bergamota. Recuerdo que mi papá me llevó a Walmart para comprar mi primera caja de té, que era de la marca Bigelow, y que cuando lo preparé y lo probé, no me gustó para nada; pasaron unos meses, quizá un año, para que me aventurara a darle otra oportunidad, esta vez intentando regular el sabor con leche y azúcar. Esa segunda taza sí me gustó —quizá porque usé una linda taza de cristal o porque me pasé con el dulzor—, y dio pie a que comenzara mi obsesión con el sabor particular de esta bebida. Hace unos meses ocurrió que estaba a punto de comprar otra caja del Earl Grey de Bigelow para abastecer mi despensa cuando me di cuenta de que no había, así que me vi obligada a elegir otra marca de té para llevar a casa. Aquella decisión fue el origen de esta investigación, que más que intentar hablarte acerca de qué marca de té es mejor —no creo tener el conocimiento para hablar de esto con seguridad—, tiene como objetivo contarte un poco acerca de mi exploración del gusto y de las reflexiones que cada taza despertó en mí.
Marcas analizadas: Bigelow, Twinings y un té sorpresa.
Entrada no. 1. Bigelow: té negro con aceite de bergamota.
Como dije, mi primer encuentro con el Earl Grey no fue agradable para mi paladar. Era la primera vez que consumía un té que no era de té limón (al que le dicen de hierba limón), de manzanilla, de epazote del zorrillo —este nos lo daba mi abuelita para el dolor de panza— o, peor aún, de boldo (el más amargo que jamás he consumido), así que no sabía qué esperar ni cómo se suponía que debía prepararlo para que quedara rico. Al final, sólo el tiempo me permitió agarrar la experiencia necesaria para determinar cuál era la forma más adecuada para obtener el té a mi gusto: amargo pero sin sabor a hoja quemada, de un color café rojizo hipnótico. Con Bigelow aprendí que el agua debe estar recién hervida —literalmente apenas un segundo fuera de la lumbre— para que se infusione bien la bebida, y que no puedes dejar la bolsa en la taza por más de cinco minutos por el riesgo de que el té adquiera un sabor raro, que yo describo como a hoja de té quemada. Me di cuenta de que la cantidad de azúcar que prefiero es menos de una cucharadita, a veces incluso nada, y que agregarle leche o no depende de si quiero que mi té sea fresco o sea suave.
El té Bigelow me sabe al atardecer cuando está a punto de convertirse en noche, a un cielo de color azul violáceo con brevísimos destellos de naranja, con estrellas y nubes en contraste. Lo bebo y me siento como en las noches en que me desvelo para terminar algo y en las mañanas en las que no quiero tomar café; esta es la bebida de las hojas amarillentas de un libro, de los renglones en blanco de una libreta. Tiene un aroma tan fragante que, de ser posible, lo usaría de perfume —como no he encontrado ningún perfume que huela así, tengo la costumbre de guardar los sobrecitos en mi monedero hasta que pierden el olor—. De todos los que he probado, que no son muchos, este es mi favorito.
Entrada no. 2. Twinings: té negro, sabores (?) naturales y cáscara de bergamota.
Ese domingo estaba con mi mamá y mis hermanas haciendo la despensa, y mi mamá me ofreció, como suele hacerlo, comprarme una cajita de té para llevarme de vuelta a casa. Fui al pasillo del té, pero por más que escudriñé el anaquel, no hallé el rastro plateado de mi té de confianza. Sin otra alternativa, acepté llevar una caja del Earl Grey de Twinings, un té que me llamaba la atención por tratarse de la receta original pero que, hasta entonces, me había apartado por su costo —por suerte, esa vez tenía descuento—. Cuando lo probé, me esperaba el sabor perfumado de la bergamota, sin embargo, me encontré con una nota de amargura que me recordó al olor de una cáscara de naranja. No lo había mencionado hasta ahora, pero la bergamota es un fruto que se asemeja al limón, aunque no puede consumirse igual que este. No fue hasta que vi la lista de ingredientes en la caja amarilla que descubrí que el blend de Twinings tenía cáscara de bergamota y, entonces, me sentí orgullosa de mi lengua, por haber notado esa variación. Este sabor sorpresivo me hizo enfrentarme a la encrucijada de lo nuevo, a otro proceso de prueba y error en el que confirmé que el mejor resultado también dependía del agua hirviendo y del tiempo calculado, pero que, en este caso, sí era obligatorio descartar el azúcar y echar, en su lugar, un chorro de leche para atenuar el influjo amargo de la cáscara. Al contrario de lo que ocurre con el Bigelow, el olor del Twinings se parece mucho más al de los perfumes comerciales, a esa nota fuerte que a veces se halla al fondo de las botellas coloridas.
La primera imagen que vino a mi mente al probar la variación original fue una de las escenas de la película La Cumbre Escarlata (2016), en la que Thomas le ofrece un té que a Edith le resulta amargo y le dice “I’m afraid nothing gentle ever grows in this land. You need a measure of bitterness not to be eaten” [Traducción: “Me temo que nada dulce crece en esta tierra. Tienes que ser un poco amargo para que no te coman”] (Del Toro, 2016). Luego vino a mis recuerdos una hora fría, cuando el cielo no estaba nublado pero sí del color de un bloque de hielo; así eran las mañanas de mi preparatoria, limbos entre el sueño y las cuatro sesiones de cálculos. Si tuviera que elegir un momento para tomarlo, diría que Twinings es el té ideal para cuando necesito despertar y dedicarme a trabajar, una bebida que me lleva a pensar en la satisfacción de algo bien realizado, amargo por el esfuerzo pero fresco por el resultado.
Entrada no. 3. El té misterioso
No hay otra forma de ponerlo. Hay una marca de Earl Grey que he bebido sin saber cuál es y que me ha sorprendido por la cantidad de amargura que tiene; si Twinings tiene el breve sabor de la cáscara amarga, este té —que sospecho es de la marca Euro Te— se mostró con una fortaleza que me obligó a abrir los ojos y las glándulas salivares en cuanto lo bebí. Puede que resulte extraño que no sepa de qué marca fue, pero el contexto es que lo he consumido en una cafetería y que no se me ha ocurrido preguntar qué té usan. En fin, este té me hizo cuestionar mi decisión por elegir una taza de Earl Grey en lugar de un chocolate caliente para acompañar mi desayuno, porque no esperaba que tuviera ese sabor tan pungente, de hecho llegué a suponer que estaba quemado, que a lo mejor habían dejado mucho tiempo la bolsita de té en la taza y que por eso se había oxidado el brebaje. Aunque no puedo decir qué marca era, sí puedo decir que el té sorpresa me llevó a recordar el té de boldo —la infusión más amarga que he probado y que se acostumbra beber en mi casa cuando alguien tiene un susto o un coraje—, y tuve miedo, porque sabía que ni tantita azúcar sería capaz de alterar la pesada carga que ahora llevaba en la lengua. Creo que para este punto es fácil asumir que este no me gustó para nada, pero que si alguna vez me entero de qué marca es, le daré una segunda oportunidad; sobre todo porque quiero comprobar si el blend es de por sí amargo, o si fue un problema en la ejecución. Como dije, no soy una connaisseur del té, pero sí que tengo una gran disposición para experimentar y estaría dispuesta a sacrificar mis papilas gustativas con tal de hallar la fórmula para que el té misterioso sí me guste.
Preguntas finales de investigación
¿Qué marca es el té misterioso?
¿Por qué Bigelow no usa sobres de papel para conservar sus bolsitas de té?
¿Tendré que probar ahora el Lady Grey?
Conclusión: la investigación sigue en curso.





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