A un par de horas; sobre la melancolía del traslado
- 23 jun
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Elena C. Flores Corona
Hace unos años, medía la distancia que me separaba de un lugar empleando una imagen mental de cuántos kilómetros podía haber entre un punto y otro; más recientemente, sin embargo, he descubierto que me inclino más por imaginar la distancia a partir del tiempo que toma llegar desde A hacia B. Esto comenzó debido a que, como estudiante foránea, empecé a pensar cosas como “todavía me falta una hora para llegar” o “qué raro pensar que estoy a tales horas de llegar a la universidad”. Los traslados que hacía cada fin de semana me orillaron a ver la distancia como una cuestión de minutos y horas, y eso afectó mi forma de concebir el tiempo. De pronto, este dejaba de ser los números que había en la pantalla de mi celular, y se convertía en los sucesos que acontecían en el autobús, donde una película determinaba si íbamos bien o si ya se había retrasado el avance del transporte por el tráfico, y las canciones o la posición del sol medían el tiempo transcurrido. Si sueles hacer este tipo de traslados, quizá también hayas sentido ese cambio en la percepción del tiempo inmediato, el extraño sentimiento que a veces conlleva saber que hace unas horas estabas en un sitio y que, ahora, ya no lo estás. Notar el peso de la música o del sueño, de ese momento intermedio en el que no estás atadx a ningún sitio, pero en el que no puedes evitar soñar con el origen o el destino. Porque si algo aparece para mí en la ventana del camión, no son sólo las casas o las carreteras o los bosques, sino la esencia de la melancolía atrapada entre las cortinas y el cristal pañoso.
Cuando recuerdo los incontables traslados que hice por mi cuenta durante dos años, vienen a mi cuerpo las sensaciones propias de ese tiempo intermedio entre mi casa y el lugar que rentaba para estudiar: insomnio por el miedo de no escuchar la alarma sonar a las cuatro de la madrugada, náuseas por el olor a desodorante para autos, precaución por quién se sentaría a mi lado, cansancio por toda la carga académica y sueño, mucho sueño. Sobre todas ellas, no obstante, está la insidiosa nostalgia por regresar a mi habitación o por seguir hablando con mis amigxs en el patio de la universidad. En algún punto me volví experta en tomar el transporte, pero nunca supe cómo lidiar con la cuestión de tener más que el tiempo necesario para reflexionar sobre lo que dejaba atrás. Y no me refiero a que cayera en la locura mientras iba sentada escuchando alguna canción de The Killers; más bien, me pesaba el súbito torrente de emociones que se manifestaba cada vez que tomábamos rumbo. Hubo alguna ocasión en la que comencé a llorar sin una razón específica, aterrada porque el traslado significaba más que un movimiento de una terminal a otra: era la existencia concreta de una escisión en mi vida, una separación tan sencilla de concebir como sólo un par de horas, pero que daba como resultado la aparición de un muro de tiempo-espacio que no podía sortearse sin que otro surgiera de sus escombros.
No quiero que mis palabras sean una demonización del traslado, porque este es un evento demasiado complejo como para colocarlo en la categoría de bueno o de malo. En cierto sentido, el traslado es un espacio liminal en el que se deshace y rehace la conexión humana; en un primer momento, quedas separadx de lo que sea que dejas atrás, pero el desplazamiento te obliga a observarte más allá de la individualidad del número de tu asiento y conectar con la gente a tu alrededor, la persona que está a tu lado, atrás y enfrente, la que llega tarde al abordaje y la que se duerme tan pronto como su cabeza pega con la ventana. Al menos desde mi perspectiva, es posible descubrir los atisbos de melancolía que ellxs sienten por ratos bajo el influjo del viaje: cejas fruncidas y llamadas con quienes dejan o les esperan. Con el techo del transporte sobre nuestras cabezas, caemos bajo el influjo somnoliento de las visiones que emergen con el vaivén de los topes y las casetas. Entre cada unx se establece lo que he nombrado como la “etiqueta del camión”, que dicta que no debes hacer ruido si la mayoría de lxs pasajerxs viene dormida, que debes anticipar a tu compañerx de al lado si vas a bajar antes, para que pueda moverse sin prisa, y que, en general, debes mantener la silenciosa disposición de no meter la nariz en donde no te llaman —ora que si la persona a tu lado te pide ayuda con alguna dirección, eso sí ya es otra cosa (shoutout al amabilísimo señor químico que me ayudó un buen la primera vez que viajé sola en camión)—. Atrapadx en esa simulación del mundo, el traslado te transforma hasta que arrullas las sensaciones físicas de tu cuerpo y empiezas a sentir el tiempo que pasa y que, por decirlo de un modo, pierdes; en palabras de ABBA, “Slipping through my fingers all the time”.
Y es así que, durante el traslado, el tiempo se desliza como el agua de un río, apenas allí un segundo para que lo mires y, enseguida, te abrase la certera melancolía de que, incluso si vas a la par de su curso, no puedes asirlo entre tus manos. Sin otra cosa para medir que el paso de los segundos, entiendes la inminencia de lo que llamamos presente, y la imposibilidad de escapar de la memoria de lo que hace un par de horas fue.






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