“Dad’s on a hunting trip and he hasn’t been home in a few days” o acerca de mi relación con Supernatural
Según estudios cuya veracidad no he comprobado, el término de “amnesia infantil” significa que, al ser unx enclenque, tienes memoria de… más bien, no tienes memoria. Hay veces en las que la infancia se recuerda a destellos: puede que recuerdes los zapatos rojos del payaso de tu fiesta número dos porque el color te llamó la atención, puede que recuerdes una canción de ABBA, puede que no recuerdes nada o todo lo contrario (aunque supongo que esos casos donde alguien recuerda toda su vida son escasos). Yo, aunque puedo decir con un 77% de certeza que cobré consciencia del mundo a los seis años (dado que a partir de ahí recuerdo muchas cosas de forma lineal), a los tres años hubo un destello de raciocinio: Supernatural, el programa de terror de la CW.
En aquel lejano año del 2007, había una yo pequeña que, como ha sido siempre, no podía conciliar el sueño —hoy en día esto me resulta más fácil porque me encuentro medicada, pero ni qué hacerle al ser una beba—. Mi padre, acostado junto a mí, cambiaba canales para ver si algún programa podía arrullarme; en eso, vi a una mujer pegada al techo que, poco después, comenzó arder en un incendio que consumió la casa de lxs Winchester en minutos. ¿Qué llamó mi atención? ¿Que un personaje se llamaba Sammy como yo? ¿El amarillo intenso de un fuego sin control? ¿Que hablaban en un idioma desconocido? No sé, pero Supernatural fue un ping en mi consciencia. Al ver mi padre que me llamó la atención, primero me dijo que no tenía que asustarme, que todo estaba hecho por computadora —siempre me decía eso con cualquier cosa de terror—, y después comenzó a leer los subtítulos para que entendiera la trama. ¡Listo! Quedé enganchada desde el primer capítulo. Existe uno que otro ping en mi mente de más capítulos de la primera temporada (Wendigo, Phantom Traveler, Skin y Faith, por nombrar algunos); puede que después, en futuras temporadas, la rutina de mi padre de leerme los subtítulos se haya naturalizado en mi cerebro y haya pasado al olvido, pero al menos la primera está grabada a fuego en mí.
A raíz de la memorización y amor por esa primera temporada, mi gusto musical se fue haciendo más o menos el mismo que el de Dean Winchester. Eso, mezclado con la música ochentosa de mi padre que iba desde Wham! hasta The Sisters of Mercy, fue quizás otra de las razones por las cuales comencé a darme cuenta de que yo, Samantha, existía.
Gracias, Winchesters, por ayudarme a darme cuenta de que pienso y, por lo tanto, existo.
La vez pasada hablé acerca de mi amor por Scooby-Doo, y parece que, en esta temporada otoñal, más que hacer artículos concienzudos sobre temas filosóficos de películas de terror —como dije que haría—, me encuentro hablando sobre lo que me gusta ver para Halloween o cosas que veo en mi día a día que suelen encajar con la temática de octubre-noviembre. Ni modo, la profundidad filosófica será para el siguiente año.






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