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Tratado sobre la apropiación del lenguaje y el poder de hablar como a una le plazca

  • 9 jun
  • 5 min de lectura
Elena C. Flores Corona

En tiempos recientes, el término “apropiar” tiene connotaciones particulares. Además de referir a la práctica de tomar propiedad de algo, sobre todo cuando ese algo no es de quien lo toma, ahora puede tener un carácter positivo, más aún cuando la partícula “re” es agregada como prefijo al verbo. Apropiar y reapropiar, acciones consecutivas que implican una obtención y una recuperación, verbos que nos hablan de un antes y un después en relación al estado de pertenencia. ¿Qué es lo que implica apropiar o reapropiar en el mejor de sus sentidos? En lo personal, imagino a una multitud que camina a través de murallas para llegar a un lugar que les era restringido —un poco al estilo del final de la película V for Vendetta (2005)— y una revolución que tiene el objetivo de recuperar lo que fue robado; porque, para apropiar o reapropiar algo, es necesario emplear el espacio, darle forma a partir del cuerpo y arraigarse en él como una enredadera que, poco a poco, se vuelve parte del lugar. Eso es lo que imagino cuando estos dos verbos resuenan en mi cabeza. Pero el mundo no sólo se conforma de espacios físicos, sino también de espacios digitales, espacios metafóricos, espacios que transcurren gracias a la interacción entre distintos seres. Uno de ellos es el espacio del lenguaje, lugar que me gusta pensar infinito y finito —contradictorio, lo sé— y que está en constante cambio, deshecho en jirones y vuelto a formar a partir de sus restos, hogar de los discursos que pretenden restringir y restringirlo, hogar de las enredaderas que desean expandirlo hasta su máxima expresión. 


Mientras pensaba sobre el tema de mi artículo, vino a mi mente la locución “sin embargo”, que a su vez me hizo recordar una ocasión en la que me pareció divertidísima porque comencé a preguntarme qué demonios era un “embargo” y por qué lo excluimos. A raíz de esto también recordé que a mi hermana también le pareció gracioso, y que nos habíamos puesto a decir “con embargo”, “sí obstante” y “sin todo”. Estas expresiones sólo eran para causarnos risa, SIN EMBARGO, me dejaron reflexionando acerca de que, la mayoría del tiempo, damos por sentado el lenguaje, sus significados y significantes, sin detenernos a pensar qué es lo que hay detrás de ellos. Una cosa llevó a otra y de pronto me puse a pensar pensamientos y a reflexionar reflexiones, lo que nos deja aquí, al lugar digital y lingüístico en que pretenderé, con mis mejores capacidades, hablar acerca del por qué es necesario liberar los medios de producción lingüística. De acuerdo, eso suena demasiado serio, pero mi intención va en la misma línea y, aunque muchas personas más sabias que yo ya hayan hablado al respecto, me parece valioso recuperar la idea de que los únicos límites del lenguaje son aquellos que la mismas personas le colocamos. 


Entonces ¿qué?, ¿debemos usar los verbos al revés y voltear el orden de las palabras? No me refiero a eso necesariamente. Apropiar y reapropiarse del lenguaje no implica la pérdida del espacio común, sino su apertura; uno de los mejores ejemplos de ello es la introducción al castellano del pronombre “elle”. Aunque algunas personas —de quienes tengo opiniones que no pondré aquí porque ni siquiera merecen eso— sean de la idea de que este tipo de modificaciones sólo genera una degradación de la lengua, en realidad, son este tipo de alteraciones las que permiten la perpetuación del lenguaje. Como dije antes, creo que el lenguaje es infinito porque es tierra de nadie, un ente moldeable a voluntad que encuentra su único fin en el silencio. Como lugar de convivencia, de comunicación, el lenguaje no debería estar limitado a la consideración de instituciones que desean demostrar que una cosa está bien y otra mal, como si todas las palabras y la forma en la que las usamos fueran las mismas desde su creación y, por lo tanto, debiéramos intentar mantenerlo intacto. ¡Pardiez! Si las cosas fueran así, yo estaría hablando de un modo en el que nadie más que un señor del siglo XIII me entendiera. 


En muchos sentidos, el lenguaje es un palimpsesto que nos habla de otras épocas, de otras heridas, de un espacio que no podremos conocer, pero que exige mostrarse para dar testimonio de sus usuarixs anteriores. Y así como ellxs, que emplearon el lenguaje para subestimar o enaltecer, alabar o destruir, las personas del hoy también tenemos derecho a usarlo como sitio de acampar, como madriguera en la que nuestras existencias persisten y se reafirman. El lenguaje no es inocente, ni pretende serlo —de ser así, perdería su infinitud y su capacidad de representar—, y es por ello que es necesario concebirlo como un terreno que también puede apropiarse y reapropiarse por medio de distintas estrategias, por ejemplo, darle un significado diferente a las cosas que a través del tiempo han sido repetidas con intención de dañar, aceptar la historia detrás de lo que llamamos idioma, creer que no hay un arriba y un abajo en tanto al cómo se habla. Y sí, entiendo que muchas personas fuimos instruidas en tomar a la palabra como una herramienta que o se habla bien o se habla bien, sin embargo, estoy segura de que nadie resulta heridx cuando alguien, en un contexto cotidiano, dice “lluvió” en lugar de “llovió”. No pasa de una conjugación errónea, pero la cosa no es tan simple. Al final estas correcciones tampoco son inocentes, y nunca faltan quienes se consideran superiores por el mero hecho de saber emplear un registro más formal, más académico, más “bueno” del lenguaje —esto me da mucha gracia en lo personal, porque tuve el privilegio de estudiar una carrera de Letras y mi conclusión más sólida es que lxs hablantes hacen al lenguaje y que todo uso es válido por el hecho de servir para la comunicación—.


Con esto, quiero afirmar que no deberíamos de sentir miedo de avivar el lenguaje y otorgarle sentido más allá de las convenciones; desde lo más mínimo, que si prefiero decir “interesantoso” en lugar de “interesante”, chido, que si al hablar con alguien lxs dos decimos “cabar” en lugar de “caber”, está bien, nos entendemos. Hablar es, literalmente, construir un vínculo de significado, de manera que, más allá de siempre estar al pendiente de hacerlo de acuerdo con todas las normas establecidas y según los parámetros dictados por agentes culturales del orden, deberíamos tejerlo como el rizoma que es. Y no, no estoy diciendo que si tú amas la ortografía, la redacción y hablar “con propiedad” entonces estás mal, al contrario, esa es tu forma de habitar el lenguaje, y es por completo válida. En general, el punto que me gustaría dejar claro con este tratado —que, por cierto, no tiene la mínima intención de atenerse a lo que según la Academia es un tratado—, es que la palabra es diversa, compleja y contradictoria porque lxs hablantes lo somos, y está en nuestro poder y derecho reproducirla como tal. Por el momento, esta es mi conclusión.


¿Nos hablamos luego?

 
 
 

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