Traza una idea de cómo terminará tu historia
- 29 may
- 3 min de lectura
Raquel Dorantes Miranda
Cuando escribas una novela, un cuento, una obra de teatro u otro texto narrativo que tenga inicio y fin, es preferible tener, aunque sea, una idea general de cuál será el final. Al hacerlo, podrás tener presente tu línea de meta y construir el inicio y el desarrollo con eso en mente para que, de esta forma, todos los elementos de tu historia tengan sentido.
Piénsalo de esta forma: cuando alguien te cuenta una anécdota, puede que pierdas el hilo si se va mucho por las ramas, ¿cierto? Imaginemos algo concreto. Tu familia y tú van a ir al boliche. Esto le recuerda algo a tu tía, quien empieza a contarte que, cuando era joven, iba todos los fines de semana al boliche y era buenísima, pero que, después de que rompió con su pareja de ese momento, dejó de ir durante meses. Un día, una amiga la retó a que jugaran y a que tirara más chuzas que ella, pero tu tía le dijo que no porque el boliche le recordaba a su relación pasada, y su amiga insistió diciendo que, a lo mejor, si volvía a jugar y ganaba, le ayudaría a superar a su expareja. Tu tía accedió y fueron a jugar. Empieza a describirte que wow, el lugar estaba igualito, pero que lxs empleadxs eran nuevxs. Recuerda que había una persona en particular que llamó su atención: el chico en la barra se le hacía muy familiar. Pero, bueno, empezaron a jugar y tu tía metía la bola en la canaleta una y otra vez. Tantos fallos le dieron sed, así que decidió ir por una bebida. De hecho, te dice, cuando se acercó a la barra, aprovechó para preguntarle al chico si se conocían. Él dijo que no, pero tu tía estaba segura de que sí. Quizá sólo ella la había visto y él no. En fin, regresó al juego y seguía perdiendo. Jugaron hasta que se les acabó el dinero que traían, y tu tía no hizo ninguna chuza. A pesar de ello, darse cuenta de que había perdido sus habilidades en esos meses sin jugar la ayudó a no pensar en su expareja. Así que volvió a jugar todos los fines de semana y se dijo a sí misma que superaría por completo esa relación cuando pudiera meter más chuzas que su amiga. Al final, su amiga se mudó a otro lado antes de poder ganarle, pero tu tía siguió jugando y, con su pasión renovada, pudo superar a su expareja y seguir adelante con su vida.
Tú sonríes porque es una bonita historia, pero, después de un momento, le preguntas qué pasó con el chico de la barra, si lo conoció más porque iba tanto al boliche o si recordó de dónde lo conocía. Tu tía dice que no, que poco tiempo después dejó de trabajar ahí y ella sigue teniendo la curiosidad de por qué se le hizo tan familiar. Le preguntas por qué lo mencionó y encoge los hombros diciendo que sólo le llegó a la mente mientras te contaba.
El punto de este ejemplo no es que las personas deban contar sus anécdotas de la forma más estructurada y sin divagar, sino que nosotrxs como escritorxs sí procuremos una narración planeada y pensada de nuestras historias. Siguiendo el ejemplo, imaginemos que quieres hacer un cuento o novela basada en la anécdota de tu tía, pero quieres incluir al chico de la barra. En ese caso, necesitarías darle un rol que sirva para el final de la historia. Por ejemplo, podría ser un obstáculo para superar a la expareja porque, aunque la tía no se da cuenta, el chico se le hace tan familiar porque se trata del primo de su ex y tienen cierto parecido. Por ello, su mera presencia causa que, de vez en cuando, la tía recuerde la relación y se le dificulte más superarla. Gracias a este obstáculo, la tía se ve obligada a no sólo olvidar la relación distrayéndose con el boliche, sino a superarla aceptando que, aunque esté en el pasado, esa experiencia sigue con ella y puede quedarse con las buenas memorias y los aprendizajes que ganó, y dejar atrás el dolor.
Entonces, tener el final de tu historia trazado (o, aunque sea, una idea de este) ayuda a mantener coherencia entre los elementos de la trama, incluidos los personajes, los lugares, los simbolismos que quieras incluir, etcétera. Cabe aclarar que tener el final trazado no sólo significa tener claro si tus personajes vivirán felices por siempre o no, sino saber si van a cumplir sus objetivos específicos. Y, con esto, la idea que transmite tu historia. No necesariamente una moraleja o una postura social, pero sí la idea que te llevó a escribirla. A veces, ni siquiera la tenemos clara, pero si logras identificar qué quieres transmitir, te será más fácil saber hacia dónde llevar la trama.



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