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Salvemos el cine

  • 15 may
  • 2 min de lectura
Raquel Dorantes Miranda

Recientemente me enteré de que el CEO de Netflix dijo que ir al cine es obsoleto, y me dio miedo pensar que, algún día, los cines podrían ser totalmente reemplazados por las plataformas de streaming. Escribo esto para no olvidar por qué me encanta ir al cine y para compartirlo con el mundo a modo de unirme a la mayoría de personas que protestó: “Mientes, CEO de Netflix, sí nos gusta ir al cine”. Te invito a unirte tú también, si es que no lo has hecho ya.


El cine siempre ha sido una aventura para mí. Desde niña, la sala y pantalla inmensas me aceleran el corazón. El olor a alfombra y a sillas polvosas me hacen sentir a salvo. Entrar a una sala de cine es como entrar a una nave espacial, a una cápsula que cierra su pesada puerta y en la que viajamos a toda velocidad a un mundo distinto.


Salir del cine es una experiencia única. Tengo que caminar fuera de la sala, del cine, de la plaza. Durante esos pocos minutos, mis oídos están bajo el agua entintada con los colores que tenía la atmósfera de la película que acabo de ver. Cuando era niña, inmediatamente me ponía a jugar con mi hermana, o en mi cabeza, sobre algo relacionado con la película recién vista. Hoy en día, me pongo a escribir.


Para finalizar mi mini manifiesto a favor del cine, aquí va una anécdota. Un buen día, mi familia y yo fuimos a ver Tron: El legado (2010). Entramos a la sala de cine, la pesada puerta de la cápsula se cerró y tuvimos un viaje lleno de increíble música que retumbaba a través de las bocinas y de diseños luminosos que erizaban la piel acompañados de una trama que aceleraba el corazón. Salimos de la cápsula y mi hermana y yo estábamos impactadas. Inmediatamente nos pusimos a jugar. En el coche, camino a casa, nos visualizamos en un vehículo de luz que recorría las calles a gran velocidad. Teníamos una misión: encontrar a las personas que trabajaban con Clu (el antagonista de la película). A falta de vehículos con las líneas de luz naranja características de Clu y sus secuaces, los coches rojos en las calles de la ciudad los representaban. Fue muy divertido. También imaginamos que nuestro vehículo se dividía en dos y cada una jugaba a conducir su moto de luz de aquí para allá. 


Honestamente, sin la inmersión que proporciona una sala de cine, no creo que nos hubiéramos inspirado tanto para jugar lo mismo cada vez que nos subíamos al coche durante, al menos, una semana.


En fin, espero este texto te haya recordado buenos momentos relacionados con ir al cine. Me encantaría escuchar tus anécdotas y opiniones. Puedes contarme acá abajito en un comentario o en nuestras redes sociales. :)


 
 
 

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