Mi vida desde la pecera
- 14 jul
- 6 min de lectura
Samantha González Núñez
El espacio me parece fascinante y me lo ha parecido desde que estoy consciente del sentimiento de la fascinación. No sé el cómo de la vida, ni el cómo de la existencia, pero me gusta creer que somos polvo de estrellas o, al menos, descendientes de los microbios espaciales que viajan desde la explosión del Big Bang. Me gusta creer que no estamos solxs en el universo, pero que nos encontramos alejadxs de otras formas de vida “conscientes de sí mismas” debido a —en palabras simples— la relatividad.
Las condiciones de vida en la Tierra son ideales para nosotrxs humanxs y no por eso debemos de pensarlas como la regla. Eso es lo que me digo de vez en cuando.
Pero me gusta pensar que somos polvo de estrellas, eso —palabras más, palabras menos— es la panspermia. Esta teoría básicamente dice que, a través de cometas, asteroides, polvo cósmico, etc., los organismos se transmiten y que de eso surge la vida. Ahora bien, ¿de dónde surgen estos organismos? ¡Excelente pregunta!, de hecho, ese cuestionamiento es lo que pone en duda la teoría; sin embargo, en mi cabeza la panspermia tiene sentido y, en lo personal, no necesito preguntarme sobre el cómo se forman los microbios que surcan el espacio en viajes interestelares, porque lo que retengo es que soy polvo galáctico.
Ese polvo galáctico, por supuesto, no se transforma de golpe en una persona, más bien cae en el agua que abarca la mayoría del planeta y conoce a los organismos que ya existían y nadaban por ahí. Entonces, entre las condiciones de vida de la sopa marítima y el sazón cósmico, puede que surja algo nuevo, o puede que no se mezclen, pero convivan en un mismo caldo, un caldo primigenio.
El agua, metano, amoniaco e hidrógeno, más una constante exposición a radiación ultravioleta y otras cosas, hacen lo suyo hasta que lenta, muy lentamente surgen otros organismos. A eso le tienes que sumar miles de millones de años, unas —en teoría— cinco extinciones masivas y varias mutaciones que resultan en la vida de hoy en día. Eso —repito— es sólo lo que yo pienso y especulo con base en lo que he leído o visto en documentales.
☆☆☆
Mi tiempo ante las pantallas —en momentos donde no veía Discovery Kids, Once Niños, Jetix... o programas de crímenes con mi abuela— lo usaba no sólo para sintonizar a Neil deGrasse Tyson o Bill Nye, sino también Discovery Planet. Mis programas y documentales hicieron que, además de querer trabajar en la NASA, ser paleontóloga y escritora, quisiera ser bióloga marina; sólo cumplí uno de esos sueños y heme aquí. Heme aquí.
El mar me saca de mis pensamientos, pongo atención en lo que me rodea, escucho a lo lejos a mi novio persiguiendo a su hermano menor y a este riendo a carcajadas mientras escapa de él. Una ola me acaricia las puntas de los dedos de los pies y el arrullador sonido de las olas me recuerda que estoy aquí, sentada en este momento sobre piedras erosionadas que hoy son fina arena. Dibujo una estrella, porque las estrellas son mi creencia, y el mar la fragmenta en pequeños puntos dorados, dibujo una S, una A y una M, y el mar se lleva mi nombre.
El sol comienza a esconderse en el horizonte, las luces de las calles, tiendas y casas se encienden en respuesta. El mar y las estrellas se hacen uno mismo, pero los brillos vía-lácticos en los destellos del oleaje se ven entorpecidos por lo lumínico artificial.
Me pongo de pie, me sacudo la arena y emprendemos el recorrido de regreso al coche. Lo dejé estacionado a unos dos kilómetros de distancia. Para llegar a la playa hicimos un recorrido que, de acuerdo con el hermano pequeño de mi novio, fue como atravesar la jungla. La verdad es que es un sendero enlodado con árboles y palmeras altas, además de algunos puentes rústicos de madera que facilitan el paso entre el lodo y charcos. Hay algunos carteles de advertencia por cocodrilos y, siendo sincera, la primera vez que visitamos esta playa, acompañadxs en aquella ocasión por la mamá de ellos, pensé que sí me toparía con uno, pero no pasó y en esta ocasión tampoco. Debido a la construcción de hoteles, estos animales han sido reubicados y es por lo que no estaba segura de si volvería a visitar esta playa de la forma en la que la estamos visitando. Como en muchos otros lugares, aquí también amenazan con construir un nuevo hotel o, si no permiten eso, expandir uno de los que ya existen.
Quizás, al no saber en qué momento regresaré, o si será posible verlo igual de limpio y con oleaje ruidoso, me despido del mar y él de mí.
𓆝 𓆟 𓆞
Las preguntas y preocupaciones que surgen en mi cabeza mientras atravesamos la jungla son muchas. En todos lados está pasando algo. Los cocodrilos ya no están, los espacios de desove son menos, la caza de ballenas sigue impune, los tiburones se hunden tras cortarles sus aletas, los corales se emblanquecen, las macroempresas destruyen el sedimento, los hoteles privatizan las playas, los oleoductos mal construidos tienen filtraciones, los buques con petróleo se derraman, la temperatura sube y afecta más a los ecosistemas, los sonares militares causan estragos.
¿Qué pasará luego de afectar al mar?, ¿y después de acabar con el agua potable?, ¿los puertos para cruceros salvarán a la humanidad?
Cerca de donde estamos estacionados veo carteles medio arrancados que leen: “Salvemos Nayarit, no a...”, “Fuera...”, “¡Cuidemos a los...!”. No importa que ya no se vea el mensaje, yo sé lo que dicen.
Salimos de la jungla y nos subimos al coche.
He firmado tantas peticiones estos últimos años para detener genocidios, para que la ONU haga caso, para que la UNESCO intervenga, para que el gobierno mexicano nos escuche, para ayudar a flotillas, para evitar desplazamientos de animales y construcciones de hoteles y complejos habitacionales, para tantísimas cosas que se pensaría que ya no me percataría del entumecimiento en la punta de los dedos y de la frialdad de estos, del mal sabor de boca, de la sensación de un hueco en el estómago, del aceleramiento del palpitar de mi corazón. Pero aún lo noto.
Comienza a llover.
Casi nunca tengo dinero de sobra, y cuando me sobran unos pocos pesos, me siento culpable de no donarlo a caridades.
Tomamos carretera y después nos incorporamos a la ciudad. Nos detenemos en una intersección en la cual se ha formado tráfico. Veo las gotitas repiquetear en el parabrisas.
¿Qué nos depara? Veo por el retrovisor al hermano de mi novio, para quien el mar sigue siendo vasto y misterioso, para quien el agua aún es eterna y el espacio sigue siendo inalcanzable. Y siento que se me cierra la garganta.
Salvemos a Nayarit. No al ecocidio. Fuera Cantiles de Mita. Alto a la destrucción de manglares y esteros. Cuidemos al ecosistema.
Pero, aún así, se están destruyendo hectáreas y hectáreas de áreas naturales. ¿Y cuando todos los recursos naturales se acaben?, ¿entonces qué?
El auto de atrás toca el claxon, así que rápidamente avanzo sólo unos metros, porque nuevamente nos detenemos.
La noche ya nos cubre y veo en lo alto pequeños puntitos plateados con más claridad. Las condiciones de vida en la Tierra son ideales para nosotrxs humanxs y no por eso debemos de pensarlas como la regla, no obstante, son nuestra regla.
Eventual pero lentamente, llegamos a casa de la familia de mi novio. Nos reciben de forma cálida y ante eso, mi ansiedad se calma. Aunque sea por un momento.
El espacio me parece fascinante, no porque lo vea como un escape, sino porque es hermosa la vastedad y el no entender del todo cómo existimos. Me gusta pensar que venimos de las estrellas y quizás por eso anhelamos alcanzarlas, sin embargo, espero que lo único longevo en el espacio interestelar sean las sondas (y no colonizadores que se instalan en planetas en son del progreso). Espero que ellas, hechas con amor y sin la malicia corrupta de quienes no se detienen un momento a disfrutar la espuma o la arena, las algas o los peces, las piedras o las conchas, el verde o el azul del mundo, sean quienes exploren para entender y descubrir. Y que sean ellas quienes se tornen a nosotrxs una vez más para tomar una última foto del diminuto punto pálido azul que somos.





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