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Mi camino en la Biología Marina: una crisis y las razones que la sobreviven

  • 14 jul
  • 8 min de lectura
Gab

Hace medio año acabé mi carrera en Biología Marina; desde entonces, me encuentro atravesando el proceso de titulación, sólo siento miedo por lo que vendrá después y tengo mil dudas sobre si elegí la carrera correcta. Yo nunca pensé que al estudiar esto generaría mucho dinero (claramente); tuve el privilegio de estudiar algo que me gusta, sin preocuparme más allá. Pero, mientras más crezco y atravieso esta crisis, me doy cuenta de que, al fin y al cabo, vivimos en un mundo donde generar dinero es la base de todo, y es por eso que dudo de si tomé una buena elección. Sobre todo porque no me quiero dedicar a las áreas de la biología más remuneradas como lo podrían ser la acuacultura o algo relacionado con la biotecnología (ni estoy segura de qué es lo quiero hacer). Al mismo tiempo, durante este periodo, me he ido enamorando de la investigación, pero decepcionando de la academia; amando la divulgación, pero chocando con gente a la que no le interesa, y un largo etcétera. Por toda esta mezcla de situaciones, siento que es importante recordarme las razones por las que decidí ser bióloga marina, y así, a lo mejor, ayudarme a sobrellevar esta crisis del “¿y ahora qué?”. 


Desde que tengo memoria, me he sentido extremadamente conectada con la naturaleza, en especial con los animales y el mar. Este último no sólo me gusta, es parte de quién soy. Factores, como ser Piscis, que mi color favorito sea el azul, que mi princesa de Disney favorita sea Ariel y que mi película preferida sea Buscando a Nemo, reafirman mi teoría de que mi conexión con este medio es algo que ha estado presente toda mi vida. Estar en el mar y sentirme una con él mientras sus olas me columpian o me revuelcan es algo que siempre me ha inundado de paz y alegría. Además de eso, fui creciendo y me enamoré de la ciencia, desde pequeña he sido una persona muy curiosa, y saber que podía estudiar sobre aquello con lo que toda mi vida he sentido una conexión, hacerme preguntas y obtener las respuestas, me hizo querer dedicarme a esto. 


Más o menos a los trece o catorce años fue que lo decidí, después de visitar un acuario y sorprenderme con cada animal que veía y con cada dato que leía. Al verme tan fascinada con todo mi mamá me dio la idea de estudiar Biología Marina y, a partir de ese momento, mi cerebro comenzó a hilar todo lo que me conectaba al mar. Además de lo que mencioné antes, pensé en cómo la materia de Ciencias Naturales en la primaria había sido mi favorita, la de Biología de la secundaria lo era en ese momento, y siempre me había encantado ver documentales acerca de animales con mi papá (uno de pingüinos era mi favorito). Recordé también que, en algún momento de mis primeros años de primaria, ya había escuchado acerca de esta carrera y me había llamado la atención, aunque en esa época decidí preguntarle a una maestra no muy informada al respecto y me dijo que era “como la veterinaria, pero del mar”, lo cual me hizo descartarla, ya que poco tiempo atrás, una veterinaria (a quien seguramente no le encantaba su vocación) me había desilusionado de esa otra disciplina. De cualquier modo, ahora yo ya tenía la respuesta, no había nada más obvio para mí que estudiar la vida del mar. 


El tiempo siguió pasando y yo me fui enamorando más y más de mi carrera, leyendo y escuchando. Aprendí sobre la existencia del que sería mi animal favorito, el narval, ¡¿una ballena con cuerno de unicornio?!, era mi fantasía más grande (ya después supe que no era una ballena y tampoco era un cuerno, pero en fin), sólo quería saber más de este y de otros animales, como las orcas, que también están entre mis animales favoritos y a las que les dedicaba todos los trabajos libres. 


Llegué al último año de preparatoria y esto ya era en serio, yo estaba más segura que nunca de que eso era lo que quería estudiar. Esta decisión implicaba algo más grande, al ser una persona del Estado de México: me tenía que mudar, no sólo de casa y de ciudad, sino de estado. Tenía que dejar atrás mi hogar, mis amigas, mi familia, todo por estudiar lo que quería. Me lo cuestioné y me lo cuestionaron mucho, pero no había “opción B”, yo tenía que estudiar esto. Más porque estábamos en el punto más alto de la pandemia de COVID-19, un punto donde yo no tenía motivación de nada, ni le veía sentido a nada; necesitaba estudiar Biología Marina. 


Tuve la fortuna de siempre tener el apoyo de las personas que más amo y me importan, principalmente de mi mamá, mi papá y mi hermana, entonces tocó iniciar la búsqueda de dónde estudiar. Al investigar, encontré que las mejores universidades para estudiar Biología Marina en México eran la Universidad del Mar (UMAR) en Puerto Escondido, Oaxaca, y la Universidad Autónoma de Baja California del Sur (UABCS) en La Paz; me decidí por esta última ya que tengo un tío aquí, el cual también es biólogo, y nos la recomendó. Este factor le daba a mis papás más seguridad de que yo iba a estar bien lejos de ellxs, además de que era una ciudad relativamente segura para vivir en México. En fin, apliqué, hice mi examen en línea y, meses después, me enteré de que quedé, era oficial, iba a estudiar Biología Marina y me iba a mudar. 


El curso de inducción y el primer semestre me tocó hacerlo en línea, por lo mismo de la pandemia; ya para el segundo semestre, en febrero de 2022, me vine a vivir a La Paz y conocí la universidad donde pasaría los próximos cuatro años de mi vida. Fue muy difícil iniciar una nueva vida, donde no tenía a mis personas cerca; por suerte, muy pronto conocí a cuatro chicas que se volvieron mis mejores amigas en este camino: otras cuatro personas foráneas que decidieron dejar todo para estudiar el mar y la vida que lo habita, y que hoy en día son parte de las personas más importantes en mi vida. 


Durante toda la carrera hubo altibajos. Recuerdo con mucho amor mis primeras prácticas de campo, mis primeros acercamientos a las ballenas, todos los momentos que pude compartir sobre lo que me gusta con personas a las que les gusta lo mismo. Pero también recuerdo la primera vez que me enfermé sin mi mamá, todas las veces que he llorado porque extraño a mi hermana, o cuando falleció mi abuelo y no estuve con mi familia. A pesar de todo esto, nunca dudé que estaba donde debía, me sentía muy agradecida de vivir a unos minutos del mar y de estar rodeada de personas que me entendían al respecto. Durante la carrera fui aprendiendo cada vez más sobre temas que me interesaban y sobre otros que a lo mejor no tanto. 


Casi desde un principio, yo sabía que mi línea de interés eran los mamíferos marinos, sin embargo, no me cerraba a nada, sobre todo porque sabía que era la línea más “choteada”, pero nada nunca se me hizo más fascinante que ellos, principalmente los cetáceos (ballenas, delfines y otros similares). Mis trabajos de investigación respecto a ellos siempre fueron mis favoritos, mi profesora preferida de la carrera, que también se dedica a trabajar con cetáceos, reafirmó mi amor hacia ellos y alimentó mi hambre por saber más al respecto. 


Mi práctica de campo favorita fue ir a la Laguna San Ignacio a monitorear, en su mayoría, ballenas grises. Aquella laguna es uno de los lugares a donde llegan estas ballenas cada invierno para reproducirse y tener a sus crías. Probablemente ha sido de las prácticas más pesadas que he tenido: diez horas de ida y diez de regreso, cinco días de acampar en el frío y sólo unas cuantas horas de monitoreo sin saber con seguridad si íbamos a ver ballenas, porque no se sabe cuándo se van a dejar ver o qué tan cerca van a estar. A pesar de todo esto, lo repetiría mil veces. Haber tenido la suerte de hablar con tanta gente que ha trabajado con ellas y haberlas podido ver tan cerca, aprender a distinguirlas, a identificarlas y a conocer su estado corporal hizo que valiera la pena todo y que se convirtieran en unos de mis días favoritos en la vida. Además, pude compartirlos con un gran grupo de personas que incluía a mis amigas antes mencionadas, y fueron dirigidos por mi profesora favorita. 


Otro momento clave, el mejor día de mi vida, fue cuando cumplí mi sueño más grande: ver orcas. El 14 de abril de 2024 tomé un tour hacia la Isla Cerralvo; yo sabía que había posibilidad de verlas, pero, como siempre en la naturaleza, nada es seguro. Recuerdo que, al llegar al punto de embarque, dijeron que nos subiéramos rápido porque había orcas cerca. En ese momento, mi corazón se aceleró como nunca y, aproximadamente diez minutos después, ya las estábamos viendo; no pude evitar llorar y sentirme la persona más afortunada del mundo. Fueron dos horas de sólo ver orcas, desde crías hasta machos enormes. Sabía que podía pasar toda mi vida viéndolas y estudiándolas. 


Ya en los últimos semestres, tocó elegir materias optativas y por supuesto que elegí Mamíferos Marinos y que se convirtió en mi materia favorita. Me dio otras dos de mis prácticas de campo favoritas: ocho horas en una panga sin bajar para nada, sólo buscando, contando e identificando mamíferos marinos. Igual tuve la fortuna de ver cómo le sacaban una biopsia (una pequeña muestra de tejido, que incluye piel y grasa) a una ballena jorobada y de aprender toda la información que se podía rescatar de ahí. En una excursión así, la mayor parte del tiempo sólo se emplea en buscar a los animales y estar en el momento y lugar adecuado para verlos o no. Es muy cansado pero lo volvería a hacer sin dudar. 


Mi servicio social lo hice en el Museo de la Ballena y Ciencias del Mar, aquí en La Paz. 480 horas de apoyar con el curado y montaje de esqueletos de diversos animales, principalmente cetáceos, con la dirección y apoyo de personas que los llevan estudiando mucho tiempo. Además de eso, guié por el museo a lxs visitantes, al principio me daba miedo porque me da mucha pena hablar en público o con gente que no conozco, pero me di cuenta de que sólo consistía en hablar de cosas que me gustan, apasionan y de las cuales tengo conocimientos, así como ir informándome de las que no. Me topé con gente a la que le interesaba lo que tenía que decir y con gente a la que no, de igual forma, fue una gran experiencia y descubrí que no solamente me gusta aprender, sino también divulgar lo que sé. Compartir y traducir la ciencia. 


Como mencioné al inicio, ahora me encuentro ya en el proceso de titulación, y tengo miedo. El “¿y ahora qué?” sigue sin una respuesta clara. Pero escribir esto me recuerda que ninguna de las cosas que más me han marcado en la vida tenían la garantía de salir bien: ni mudarme sola a mis dieciocho años, ni encontrar a los animales cuando los busqué, ni subirme a esa panga ese 14 de abril sin saber que terminaría siendo el día que cumplí mi sueño. Al parecer, la incertidumbre siempre ha sido parte de esto. 


No estoy segura de qué sigue, pero sé que quiero esforzarme para dedicarme a lo que quiero toda la vida. Quiero encontrar ese punto donde pueda investigar sin guardarme el conocimiento, quiero monitorear, quiero seguir aprendiendo a distinguir a mis animales favoritos. Y quiero compartir todo eso más allá de la academia, con la misma emoción por la que una niña de trece años se quedó boquiabierta frente a un acuario. Tal vez esa niña, y no el mercado laboral, sea la mejor guía que tengo.

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