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El reflejo en el abismo

  • 14 jul
  • 5 min de lectura
waferitos

Alma reconocía que su camino al trabajo era algo monótono y que no tenía nada más para ofrecer. Cada día cruzaba un puente que pasaba por encima del mar, a veces turbulento y revuelto, otros días mezclado con el azul del cielo. Todos los días se tomaba unos minutos para asomar su mentón por sobre el barandal, que se encontraba ahí por seguridad. Sentada en el bordillo, podía ver su reflejo en la corriente que pasaba: mechones rebeldes y sin forma, acompañados de un rostro que se negaba a reconocer como propio. Era un gran esfuerzo trepar el barandal, pero valía la pena hacerlo para conseguir lo que buscaba.

«Brinca», pensaba Alma, cada vez que podía verse reflejada en el agua.

Un pensamiento que la ayudaba a sentirse en control de sí misma. Saber que podía terminar con todo algún día, si es que sus tormentos no la abandonaban. 

—Lamentable que no sea tan alto. 

El tiempo pasaba y todos los días tenía que hacer su religiosa parada en el puente peninsular.

Una mañana que amaneció con llovizna, nubes grises y viento fuerte, algo cambió. Ese día, se acercó mucho más al borde del vacío para imaginar la caída que seguiría si decidiera brincar. 

Alma se asomó para ver el mar y, por un segundo, se le heló la piel. Al bajar la mirada y ver la corriente tormentosa, alcanzó a ver la silueta de una criatura dando círculos bajo el puente. Una silueta a la que pronto le pudo distinguir rayas oscuras y una aleta que sobresalía. Una imagen hipnótica que terminó cuando la criatura alzó la mirada. Sus ojos negros interceptaron los de Alma. 

«Sé lo que piensas: el mar te romperá, pero no te acabará», el tiburón tigre habló en la mente de Alma. «Vine a terminar el trabajo del mar, a cumplir lo que más deseas; nadé desde muy lejos para que entiendas mi planteamiento», expresó el tiburón de la especie conocida por su alta tasa de mortalidad humana. 

«Vine a comerte».

Alma retrocedió tambaleándose y tiritando por el viento, le dio la espalda al vacío del mar; una corriente helada en su columna y una sonrisa en su rostro mientras pensaba en lo que acababa de pasar. 

Al día siguiente, Alma se despertó más temprano para dedicarse a encontrar al tiburón que prometía una salida. Pasaban los minutos y no lo encontraba. 

«Vuelves», dijo la criatura, no como pregunta, sino como observación. «Huiste ayer, asustada por la propuesta que te acababa de plantear. Pero, contrario al mito popular, a los tiburones no nos gusta la sangre de humano: se nos hace grasosa», contó con disgusto.

—¿Por qué vendrías entonces? —indagó Alma con una mano sosteniendo el barandal.

«Yaku, de primera mano». 

Por más fantástico y místico que fuera el encuentro, Alma decidió no inmiscuirse en más detalles del porqué.

«Ayer tuviste miedo, diste la espalda cuando las cosas no iban de acuerdo a lo que pensabas; no eres más que una cobarde», se burló el escualo. 

Alma se aferró con tanta fuerza al barandal que sus nudillos comenzaron a volverse blancos. Por primera vez en mucho tiempo, se esforzó en externar sus sentimientos.

—No sabes lo que es estar acá arriba, sentir lo que yo siento y sufrir lo que yo sufro. Sólo quiero que pare, que todo se detenga para mí; ¡no quiero estar aquí! —gritó ante la criatura, con las olas mansas de testigo. 

El tiburón se sumergió por unos segundos y resurgió para nadar en círculos; creó un círculo perfecto de agua hirviendo, levantando una ola de vapor. 

«¿Ves estas líneas en mi lomo? Las oscuras son de nacimiento y el resto son de arpones y ganchos que he venido arrastrando». Alma dirigió la mirada a las marcas más claras; anzuelos, mordidas, ataques y maltratos se evidenciaban en la piel del tiburón. «Cada año, alrededor de 100 millones de los nuestros son cazados, despojados de sus aletas y devueltos al mar con vida tan sólo por el capricho de los humanos». Hubo una ligera pausa. «El mar no tiene compasión y la tierra firme tampoco. Es un escenario de lucha constante. Pero no nado cada segundo buscando el fondo; nado porque cada célula de mi cuerpo exige defender mi derecho a existir, al igual que tú». 

Alma pensó en responder, pero ningún sonido salió de su boca, así que el escualo prosiguió.

«Ayer no estabas feliz porque te di una salida fácil; ayer estabas sonriendo porque sentiste tu propia mortalidad y te alegró reconocer que querías seguir en tierra».

—Yo no soy fuerte como tú —susurró Alma, soltándose del barandal—. Yo... estoy vacía y estoy rota; no sé qué más hay para mí aquí. 

«No creo que estés rota», dijo con compresión la criatura. «No busques que el daño te recuerde que estás viva. El sufrimiento no desaparece entregándose al abismo. Se transforma cuando decides usar la misma fuerza con la que aguantas el dolor para luchar por salir a la superficie porque tus pulmones todavía buscan aire con desesperación». 

Alma se quedó en silencio, procesando esas palabras.

—¿Y si la corriente es muy fuerte y no tengo idea de cómo empezar a nadar? 

«Los humanos y tiburones tienen mucho en común: si paramos nos hundimos, aunque para los tiburones no es opción», habló en la mente de Alma en un tono burlón.

El tiburón ladeó su cuerpo, fijó sus ojos en Alma por última vez y comentó: «No vuelvas a mirar este puente como un abismo donde te puedes hundir y callar. Míralo como el lugar donde decidiste empezar a nadar». 

Con un movimiento potente y elegante de su aleta caudal, se sumergió en vertical, desapareciendo rápidamente en el azul profundo y dejando sólo un rastro de burbujas a su paso que pronto se desvaneció.

Alma se limpió las lágrimas con sus mangas. Había estado llorando todo este tiempo. Tomó un gran respiro, se dio media vuelta y retomó su rumbo. 

La tarde siguiente, el cielo al fin se había despejado. Sus pasos la llevaron a su ruta habitual y, al llegar al puente, miró hacia abajo. La distancia seguía siendo la misma, pero el agua ya no se veía como una fosa oscura. 

Buscó con la mirada al ser místico, aunque dentro de sí misma sabía que probablemente nunca más lo vería. En su lugar, encontró su reflejo entre las olas: ahí estaba ella misma, devolviéndole una sonrisa de paz por primera vez en mucho tiempo.

Se despegó del barandal y continuó su camino a lo largo del puente, hacia el otro lado. El vacío seguía ahí y ya no le daba miedo asomarse; había entendido que reconocer sus propias sombras era la única forma de no volver a perder su reflejo en el abismo.

Alma avanzó y cruzó el puente, sabiendo que iba a tener que volver a pasar por ahí. El arduo camino diario era inevitable, pero el miedo se había disuelto en el agua. Ahora sabía que, sin importar cuán fuerte soplara el viento en las próximas tardes, su reflejo ya le pertenecía a ella y no a las profundidades.

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