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Cómo el monólogo sobre la “Cool Girl” de Perdida cambió mi perspectiva sobre lo que es ser mujer

  • hace 4 días
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 2 días

María Magallanes Madrid

Últimamente estoy pasando por un periodo difícil de mi vida. Lo único que me apetece hacer es dormir, tomar Coca-Cola bien fría, salir de vez en cuando a alguna actividad que active un poco mi corteza prefrontal y ver videos de análisis en YouTube. Me da igual el tema: puedo pasar de un video sobre cómo se fabricaba el labial en el Antiguo Egipto a un análisis de cine de tres horas sin ningún problema.


En una de esas búsquedas de entretenimiento rápido, encontré un video de un hombre —cuyo nombre no recuerdo, aunque sí recuerdo que tenía una barba de chivo bastante peculiar— que hablaba sobre Perdida, la película de David Fincher basada en la novela homónima de Gillian Flynn. Según él, aunque la novela es muy buena, la película la supera; en eso estoy relativamente de acuerdo: la historia funciona de manera extraordinaria en formato audiovisual. Sin embargo, también dijo algo que me hizo levantar una ceja. Comentó que, si pudiera cambiar una sola cosa, tanto de la novela como de la película, eliminaría el famoso monólogo de Amy Dunne sobre la “Cool Girl”.


Esa declaración encendió algo en mi cerebro deprimido y me hizo enojar. Mucho.


“¿Cómo es posible que este wey diga que quitaría la mejor parte de la historia?”, pensé mientras limpiaba restos de Sabritas de mi pantalón de pijama de Bluey. Al meterme en los comentarios, encontré opiniones muy divididas: la mayoría de las mujeres estaban de acuerdo conmigo y la mayoría de los hombres estaban de acuerdo con el cuate. Esto me hizo pensar en cómo esta escena marcó la vida de tantas mujeres, entre las que me incluyo, y en cómo cambió mi manera de entender lo que significa ser mujer.


Mi primer acercamiento con Perdida fue gracias a la película, que se estrenó cuando yo tenía trece años. A esa edad, como puede suponerse, no entendí todas las capas de la historia. Lo que sí entendí fue el discurso de Amy. O, mejor dicho, creí entenderlo.


En el famoso monólogo, Amy describe a la “Cool Girl” como una fantasía masculina: una mujer hermosa, divertida, relajada, que ama los videojuegos, la cerveza y la comida chatarra, que nunca se queja, que siempre está disponible sexualmente y que adapta toda su personalidad a los deseos de su pareja. Como ella misma dice en el libro: “Ser la Cool Girl significa que soy una mujer atractiva, brillante y divertida que adora el fútbol americano, los póqueres, los chistes sucios y eructar” (Flynn, 2012).


Cuando vi la película por primera vez, pensé que Amy tenía razón, pero llegué a una conclusión extraña: en lugar de cuestionar el ideal, quise convertirme en él.


Durante gran parte de la secundaria, intenté ser esa chica. No porque alguien me lo exigiera de forma directa, sino porque parecía la forma más sencilla de ser querida. Quería parecer relajada, diferente a las demás, poco conflictiva. Me convencí de que mostrar interés por cosas consideradas femeninas me hacía menos interesante y que debía demostrar constantemente que no era como “las otras chicas”. En mi cabeza adolescente, ser mujer era una especie de examen permanente en el que tenía que probar que era lo suficientemente divertida, inteligente y accesible para merecer atención.


Ahora me resulta incómodo admitirlo, pero durante años repetí muchos de esos discursos. Pensaba que las chicas que hablaban demasiado de maquillaje eran superficiales. Creía que los dramas románticos eran inferiores a las películas “serias”; me sentía orgullosa de tener gustos que consideraba más masculinos. Sin darme cuenta, había interiorizado la idea de que lo femenino ocupaba una categoría inferior y que, para destacar, tenía que alejarme de ella.


No fue hasta mi primer año de la carrera, cuando leí la novela de Gillian Flynn, que comprendí lo que el monólogo intentaba decir en realidad.

La diferencia entre escuchar el discurso a los trece años y leerlo a los veinte fue enorme. La segunda vez, ya había convivido con otras mujeres, escuchado sus experiencias y empezado a cuestionar muchas ideas que había dado por sentadas. Entonces, entendí que Amy no estaba proponiendo un modelo a seguir. Estaba denunciando una actuación.


La “Cool Girl” no existe porque ninguna persona real puede sostener una personalidad construida con el solo propósito de satisfacer los deseos ajenos. El problema no es que algunas mujeres disfruten de los videojuegos, la cerveza o el fútbol americano. El problema es la presión de convertir esos gustos en una identidad diseñada para agradar. Como explica Amy, “los hombres no quieren realmente una mujer auténtica; quieren una versión idealizada que refleje sus fantasías y valide constantemente su ego” (Flynn, 2012).


Por supuesto, Amy Dunne no es un personaje ejemplar en el sentido moral. Es manipuladora, cruel y profundamente perturbadora. Sin embargo, reducir el monólogo de la “Cool Girl” a un simple berrinche o eliminarlo de la historia implica perder una de las observaciones más agudas que hace Perdida sobre las relaciones de género.


Con los años entendí que el valor del discurso no está en que Amy tenga razón en todo, sino en que pone nombre a una experiencia que muchas mujeres reconocen de inmediato: la sensación de estar interpretando un papel; de medir nuestras palabras, nuestros gustos, nuestra apariencia y nuestras emociones para resultar más aceptables.


Lo que cambió mi perspectiva no fue descubrir que existía una crítica al ideal femenino. Fue descubrir que yo misma había intentado convertirme en ese ideal.


Durante mucho tiempo pensé que el monólogo era inspirador porque me enseñaba cómo debía ser una mujer para triunfar en la sociedad. Ahora creo todo lo contrario. Es valioso porque me ayudó a reconocer cuánto tiempo había dedicado a intentar agradar en lugar de preguntarme quién era realmente.


Quizá por eso me molestó tanto escuchar a aquel youtuber decir que eliminaría esa escena. Porque para mí no sólo es uno de los momentos más memorables de Perdida, también fue el punto de partida de una reflexión que tardó años en completarse. Primero me enseñó una máscara. Después me ayudó a reconocer que la llevaba puesta.


Y aunque todavía sigo intentando entender qué significa ser mujer, al menos ya no creo que la respuesta esté en convertirme en la fantasía de alguien más.




Flynn, G. (2012). Gone Girl. Crown Publishing Group.


 
 
 

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