Café con soya
María Magallanes
Oscuro. Se escucha un “clic”, varias lámparas se encienden, una tras otra, iluminando un cuarto lleno de luz cálida.
En el centro, una mujer con bufanda roja está sentada en una sola silla; suspira, juega con la bufanda.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería. La computadora abierta, la novela inconclusa, y ese maldito cursor parpadeando que parecía burlarse de mí: “otra vez no, inútil”, dos frases escritas y eliminadas, un récord, nadie lo celebra, pero yo sí, soy la Houdini de la improductividad.
MUJER:
Cada cuarenta minutos pedía un capuchino descafeinado con leche de soya y dos sobres de azúcar, ni siquiera me gusta tanto, la chica de la barra ni siquiera me miró; o sí… pero seguro pensó: “Ah, otra que cree que está trabajando en algo importante”...y tendría razón.
MUJER:
Recuerdo cuando me gradué con honores. Con medalla, toga, aplausos, todxs convencidxs de que iba a conquistar el mundo, yo también lo creía. Qué ingenua, qué ridícula; qué gracioso es pensar que un trozo de papel podría garantizar algo… ahora no puedo ni terminar un párrafo decente sin sentir que traiciono la memoria de mis logros.
MUJER:
Y luego… llegaron los niños, siempre tres; gritaban, corrían, uno eructaba con precisión militar.
Yo estaba intentando escribir, intentando existir, intentando ser la persona que todxs esperan que sea y ellos me borraban, como si nunca hubiera estado ahí.
MUJER:
A veces siento que no soy autora, sino que soy un proxeneta de mis propios personajes, los obligo a sufrir, llorar, equivocarse, todo para que alguien diga: “qué conmovedor”. ¿Conmovedor para quién? Ellos me odian y tienen la razón, y yo… yo sonrío y cuento las monedas de sus lágrimas ficticias.
Se apaga una lámpara, luego otra. Silencio absoluto, un “clic”, las lámparas se encienden de nuevo. Ella sigue sentada, como si todo fuera un día nuevo.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería, otro día similar, pero es distinto o, al menos, lo siento distinto. Tal vez logre escribir algo, tal vez los niños se porten bien, tal vez el café me inspire.
MUJER:
Pero recuerdo que tengo un título con honores y que todxs esperan cosas de mí, que logre la novela, que cumpla los sueños que ni yo misma recuerdo, y yo… no puedo. No puedo ni con mis propios estándares, cada elección que hago para mis personajes los convierte en mis rehenes, mis víctimas de placer literario ajeno.
Se apaga otra lámpara. Silencio. Se encienden de nuevo.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería, lo siento diferente. Esta vez voy a escribir, los niños quizá no vengan, la chica de la barra quizá finalmente note mi grandeza.
MUJER:
Y claro… los niños aparecieron, siempre aparecen. Me borran, me recuerdan que no existo más allá de lo que puedo fingir, y yo… otra vez proxeneta de mis personajes, otra vez haciendo sufrir a quien no tiene por qué sufrir, sólo para que alguien lo disfrute, otra vez contando lágrimas que nunca me pertenecieron.
Se apaga otra lámpara. Oscuro total, silencio. Se encienden de nuevo.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería. Parece lo mismo… pero todo es diferente, tal vez esta vez logré escribir algo. Tal vez sí, tal vez sí.
MUJER:
Pero los niños gritan, la chica de la barra no me ve, el café está tibio, el cursor sigue parpadeando. Todo igual. Pero yo… no me doy cuenta, creí que sería distinto, creí que esta vez sí.
MUJER:
Quizá nunca termine la novela, quizá nunca cumpla nada, quizá mi talento verdadero es repetir los mismos fracasos con bufanda roja, con café tibio, con una crisis que creo que es nueva, pero no lo es. Y mientras no me dé cuenta… puedo seguir engañándome.
Se apaga lentamente la luz hasta que queda sólo una lámpara sobre ella.
MUJER:
Un proxeneta con honores… atrapado en un bucle eterno, creyendo cada día que todo es nuevo.
Oscuro, se encienden las lámparas otra vez. Ella parpadea, ajusta la bufanda, como si fuera el primer día.
MUJER:
Hoy… pasé cinco horas en… ustedes saben. La computadora, la novela, el cursor, todos esos fantasmas, tal vez hoy escriba algo útil… tal vez no, tal vez la chica de la barra note que existo… tal vez no.
MUJER:
Los niños siempre llegan, siempre me recuerdan que soy sólo un ecosistema de excusas, y yo… los pongo a sufrir por diversión ajena, y luego me río sola, porque… ¿para qué más sirve mi vida si no es para eso?
MUJER:
Y todavía me pregunto cómo llegué aquí, con un título con honores, con expectativas, con cafés tibios y bufanda roja, repitiendo los mismos días que creo que son distintos, y creyendo que algún día todo será diferente.
Se apaga la luz otra vez. Silencio, un “clic” y se encienden todas las lámparas. Ella parpadea y ajusta la bufanda.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería. Pero es distinto, lo siento distinto, tal vez… hoy sí.
MUJER:
El café está tibio, la chica de la barra sigue sin mirarme, la computadora sigue parpadeando, mis personajes siguen llorando.
MUJER:
Quizá mañana todo será distinto. Quizá… no y, aun así, volveré a intentarlo.
Se apaga la luz otra vez, silencio. Encienden de nuevo todas las lámparas. Ella hace un gesto exagerado de sorpresa, ajusta la bufanda y se sienta más rígida.
MUJER:
Hoy… otra vez. Cinco horas en la cafetería. La computadora abierta, los niños… claro, los niños aparecieron, siempre los mismos, pero yo… no me doy cuenta.
MUJER:
Tal vez escriba algo hoy, tal vez no, tal vez… mis personajes dejen de sufrir.
MUJER:
Y si cierro los ojos… ¿qué pasa? Nada, todo sigue igual.
Se apaga la luz otra vez. Silencio largo. Encienden las lámparas. Ella se levanta, da vueltas lentamente en círculo entre ellas, como midiendo su propia locura.
MUJER:
Hoy pasé cinco horas en una cafetería. Pero esta vez lo juro… esta vez sí será distinto.
MUJER:
Y los niños gritan, la chica de la barra no me ve, el café está tibio, el cursor sigue parpadeando, mis personajes me odian, yo me odio, pero hay algo… divertido, sí, divertido.
MUJER:
Porque todo es absurdo, porque repetir lo mismo todos los días, creer que algo cambiará, y seguir… eso es mi arte. Eso… soy yo.
Se apaga lentamente la luz hasta que queda una lámpara sobre ella.
MUJER:
Un proxeneta con honores… atrapado en un bucle eterno, riéndose de su propia miseria.
Oscuro.





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