Alojar luz dentro de la memoria; Tornasol, de Alicia Mares
- 7 may
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Elena C. Flores Corona
El presente texto tiene la intención de divagar brevemente respecto a dos elementos esenciales que resaltan a la vista en cada uno de los cuentos que conforman la antología Tornasol, de la escritora Alicia Mares; estos son el recuerdo y la sensibilidad, pasadizos que, quizá sin intención, obligan a lx lectorx a enfrentarse a aquello que se esconde dentro de las páginas del texto y que convierten a la obra en un ente que vive a través de la piel de quien se le acerca.
“Y la mirada de mi hijo es un bicho diminuto
a punto de chamuscarse ante la incandescente
comprensión de lo que ocurre”.
Tornasol, Mares, 2024, p.113.
Pequeños, unos ojos brillan con el reconocimiento siniestro de lo inevitable, y el sol elevado se refracta en las hojas del bosque, caleidoscópico, sus rayos sacralizan la tierra. En estos dos instantes se encierran tesoros efímeros dispuestos para esfumarse antes de que podamos asir sus verdades ocultas; disolubles en las mareas del tiempo, ambos guardan migajas de mundos en cuya complejidad se encuentran los hilos vitales de quienes transitan por ellos. ¿Cómo hablar de aquello que está a plena vista y que, sin embargo, pasa desapercibido hasta que ya es demasiado tarde para atraparlo? La respuesta a esta pregunta se enlaza con la dureza de la vida cotidiana en los cuentos recopilados en Tornasol, de la escritora mexicana Alicia Mares. En sus escritos esboza, con la precisión propia de quien observa el mundo como un océano interminable de realidades diversas, fragmentos de historias comunes que se enfocan en el instante como la semilla del cambio. Relatados por personas que quizá nos recuerden a conocidxs o familiares, los textos plantean escenarios asentados en preguntas que no siempre son dichas, cuestiones que intuimos como lectorxs y de las que tememos recibir una respuesta.
Paciente, el cuidadoso quehacer literario de la autora transmuta las palabras en una suerte de lente que permite vislumbrar al horizonte como un vitral móvil en el que, como su título sugiere, aflora más de una tonalidad de colores. Con todo y que la narración se beneficia en distintas ocasiones de la presencia de ciertos juegos metafóricos, estos no compiten con ella ni distraen la atención de la secuencia argumental o del orden del libro en concreto. Con respecto a esto, a pesar de que no tienen una relación directa, cada una de las historias está vinculada con el resto debido a que todas tienen sus cimientos en una realidad que no se limita a lo que se considera “posible”, sino que roza —al estilo del realismo mágico— con lo fantástico y con lo maravilloso. Esto provoca que leer Tornasol se sienta como la inmersión en un mundo que existe a la par que aquel que está fuera de sus hojas.
La importancia del instante y el peso del recuerdo
En menos de doscientas páginas, esta antología retrata —con una familiaridad demoledora— la mirada introspectiva de las infancias, la crueldad del crecimiento en entornos hostiles y la desesperanza de una adultez arrebatada de sueños, hechos enmarcados por umbrales fantásticos que tantas veces terminan por ser dolorosos. Lo inexplicable incide en el desarrollo de la mayoría de las historias, funge como elemento que detiene el avance voraz de la razón lógica y que abandona a personajes y a lectorxs en un punto de no retorno que no necesita estar enmarcado en una acción explosiva para ser significativo. Escenificados en lugares como bosques, playas, casas, montes y carreteras, los textos desvían la mirada de las grandes urbes para intentar asir aquellas historias que se ocultan en los tiempos-espacios desapercibidos, escenas que descubrimos en un vistazo y después olvidamos cuando algo llama nuestra atención hacia otro lado. En este sentido, los cuentos son claros en decir que tanto un auto serpenteando por el asfalto como un tortillero inerte en medio de una cena familiar pueden ser el origen de escenas que guardan un impacto profundo, viales contenedores de encantos y de maldiciones de las que no siempre se puede escapar.
Las cargas simbólicas de la familia, el deseo, la añoranza y la muerte aparecen como temas recurrentes, pruebas grabadas a fuego dentro de la memoria y a través del espacio. El pasado es un fantasma cuyo tacto sigue impreso en la piel, que murmura palabras que acechan el presente de las voces narradoras, volcando su ominosa sombra sobre los inseguros pasos que intentan encontrar su propio camino. En los cuentos de Mares, el recuerdo demarca su propia línea de tiempo, evocadora de peligros y belleza; abandonarlo —o abandonarse en él— exige la imperiosa necesidad de una metamorfosis, interna o externa, corporal o espiritual, expresada en olas de respuestas viscerales que caminan por el filo entre la lucha y el olvido. Tal como ocurre en el día a día, esta herencia memorística también se alimenta de los futuros que alguna vez quisimos, de lo que pensamos que podría llegar a ser y que, con el paso del tiempo, se convierte en una herida punzante.
En este sentido, los cuentos se muestran como tejidos aparentemente continuos en los que cierto elemento, al igual que un hilo suelto o un agujero, irrumpe con la inquietante naturalidad que sólo puede tener algo fuera de lugar. Ya sea el peso somnoliento del sol en “Reflejos moribundos del agua”, que convierte a lx lectorx en un testigo que no desea mirar, o la escalofriante e incierta marca de los neumáticos en “Caminos del deseo”, las señales adquieren la fluorescencia de una alarma y nos advierten de la fragilidad inherente al mundo, de la eterna posibilidad de que, lo que menos esperamos, suceda.
Las sensaciones de la realidad habitable
Junto con el paisaje, la sensibilidad es otro de los elementos más importantes en Tornasol. Quienes nos inmiscuimos dentro de sus páginas estamos a merced de la narración, que nos adentra, en medio del ir y venir de las páginas, en un torbellino de estímulos sensoriales igual al de sus personajes. De pronto, es posible sentir el azote de los ventosos terrenos de Tlaxcala, respirar el aliento sofocante de una playa veracruzana y observar el prodigio de color de una mariposa monarca en Michoacán. La autora desvela una naturaleza en carne viva que se manifiesta en las narraciones no como un ruido al fondo, sino como una entidad que cobra agencia en facetas que, como el instante, fluctúan de despiadadas a hermosas; muestra de ello es “Verás el terremoto”, en el que nos guían las pisadas a ciegas de una madre a través de los minutos previos a un temblor. Por su parte, la exacerbada visión de las mariposas en “Las novias del sol” nos deja sumergidxs entre aleteos dorados que se entregan a la voluntad ajena, protectora o destructiva.
Y mientras que las palabras nos dejan inmersxs en estos paisajes, también nos colocan dentro de la corporalidad de quienes los recorren; es así que la narrativa apela a la materia que une a quien lee y a quien está plasmadx en la página, lo que hace de la lectura una experiencia que se atreve a difuminar los límites entre la ficción y lo que consideramos como la realidad. Entre hoja y hoja se adquieren las manías de los personajes, se adolecen los pesares ocultos que sólo nosotrxs, al asomarnos como espías, podemos compartir. En estos intercambios de conciencia, las emociones no pasan inadvertidas —pues van más allá de una simple mención en el texto— y se encarnan, literalmente, en la piel compartida entre lectorx y personaje. Las manos y piernas, los brazos y pies, así como todos los demás órganos, son representados como materia que nunca es indiferente, que, más bien, aterriza y cobija a la compleja marea que constituye a una persona. Con todo el tiempo enfrente, lxs narradorxs adquieren la capacidad de modificarse a sí mismxs y a su entorno, cincelando con nuevas marcas el flujo continuo entre pasados y futuros.
Entre el paisaje sensible y la materia sintiente aparece otro elemento inherente al orden del mundo: la muerte. Esta se presenta como otra casualidad enraizada en el tiempo-espacio que no obedece a determinaciones morales al provocar una ausencia repentina; el vacío, en igual medida que la presencia de los elementos fantásticos, transmuta el espacio narrativo hasta que adquiere una nota inesperada. Las etapas del duelo pueden estar o no descritas dentro de los cuentos —esta diferencia es notable entre “Reflejos moribundos del agua” y “Las cosas que extraviamos”—, así que no siempre es posible observar el tránsito de los personajes por la pérdida al tiempo en que, como lectorxs, también lo experimentamos de primera mano. Así, en el recorrido que va desde el inicio hasta la conclusión, nos vemos obligadxs a superar el peso de una ausencia que antes nos era ajena y que, momentos después de la lectura, nos atraviesa sin más.
Finalmente, una invitación y una advertencia
Mucho más podría decir acerca de Tornasol y de las andanzas que contiene, no obstante, considero que lo mejor es extender una invitación para su lectura. Por otro lado, ¿qué mejor forma de terminar este pequeño tributo a una fantástica antología que con una advertencia para futurxs lectorxs? Estos nueve cuentos, compilados con una dedicación palpable, ofrecen una visión que nos insta a dejar de comprender nuestro entorno como un simple cuadro que se mantiene estático ante la indiferencia de nuestra intervención; en su lugar, retratan perspectivas que rebasan los límites de lo que concebimos como real. Mi advertencia: no sólo visiten estos cuentos con los ojos abiertos, sumérjanse en ellos con los nervios a flor de piel, despiertxs y listxs para el impacto.






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