Me inunda un mar de nostalgia
- 14 jul
- 7 min de lectura
María Magallanes Madrid
Cuando tenía 11 años, me mudé a Mérida, Yucatán, la tierra de las tortas de cochinita pibil, Armando Manzanero, las ceibas y las marquesitas.
Viví ahí hasta que cumplí 20 años y, siempre que la gente me pregunta de dónde soy, mi respuesta inmediata es que soy de Yucatán, porque ahí pasé los años más importantes de mi vida. Nací en Ciudad de México y ahora vivo aquí otra vez, entonces técnicamente soy de aquí, pero, no sé, nunca he sentido que esa respuesta sea del todo correcta, y explicar que viví casi diez años en Mérida es demasiado largo para una pregunta que la gente hace sólo por hacer conversación.
Ahí crecí, aunque en ese momento no me diera cuenta de que lo estaba haciendo. Supongo que el progreso funciona así, una nunca se despierta sintiéndose más grande o más madura, simplemente un día descubre que ya no es la misma persona que llegó con once años, que las calles que antes parecían enormes ahora se pueden recorrer casi de memoria, y que ya aprendiste a pronunciar los nombres de los pueblos sin trabarte tanto; crecer en Yucatán fue acostumbrarme al calor hasta dejar de quejarme (aunque nunca por completo porque creo que nadie se acostumbra realmente a cuarenta grados), aprender que salir a las dos de la tarde era prácticamente un deporte extremo, y descubrir que el sudor puede aparecer en partes del cuerpo que yo ni siquiera sabía que sudaban. También fue aprender a reconocer cuándo iba a llover por el olor del aire (o al menos eso me gustaba pensar porque seguramente me equivoqué muchas veces), y comer carpaccio de pulpo hasta raspar con el tenedor para que no quedara nada, con los dedos oliendo a mar durante horas.
A lo largo de mucho tiempo pensé que el mar era una cosa sencilla: agua azul, arena y ya; pero en Yucatán aprendí que también eran los pedazos de conchas clavándose en las plantas de mis pies, mientras intentaba entrar sin hacer gestos porque siempre había alguien caminando como si nada y yo no quería ser la chilanga delicada que no podía dar tres pasos sin quejarse, aunque probablemente sí lo era un poco. Aun así me lastimaba y, cuando salía del agua, descubría pequeños cortes en los pies, rayitas rojas que ardían cuando volvía a meterme, pero que nunca eran suficientes para hacerme quedar sentada en la orilla; después de un rato dejaba de prestarles atención, hasta que volvía a pisar una concha y otra vez me acordaba.
Mis recuerdos de esos años están llenos de agua salada, bloqueador mal puesto y hombros rojos, de regresar a Mérida con el pelo duro por la sal y de dormir durante todo el camino porque el mar siempre me dejaba agotada, aunque ya quería regresar al día siguiente. Mi mamá se quejaba de que íbamos a llevar toda la playa hasta la casa porque la arena aparecía en el coche, en la ropa, en mi pelo y hasta días después seguía encontrando un poquito en mis zapatos; no sé cómo llegaba hasta ahí o, bueno, sí sé, pero en ese momento me parecía casi imposible deshacerme de ella.
Progreso fue durante muchos años mi idea de la playa, no Cancún con su agua azul de comercial de cerveza ni esas playas de arena perfectamente blanca que aparecen en las fotos; para mí el mar podía ser café, a veces verde, a veces con algas y lleno de gente comiendo pescado, niños corriendo y señoras que se metían al agua con playera. El mar era caminar por el malecón todavía mojada, con arena pegada en las piernas, y tener hambre casi inmediatamente después de salir del agua, porque por alguna razón nadar siempre me daba muchísima hambre. Recuerdo también las casas cerca de la playa y preguntarme quién vivía ahí el resto del año; para mí Progreso solo existía los fines de semana o durante las vacaciones y nunca habría pensado que para alguien esa podía ser su vida normal, que alguien podía despertarse un martes cualquiera, ir a trabajar, regresar a su casa y tener el mar a unas calles, se me hacía muy raro y también me daba un poco de envidia.
Pienso mucho en las piyamadas en la playa, en casa de mi amiga Yalili, cuando todavía podíamos pasar una noche entera riendo de las ocurrencias de nuestras amigas y acostarnos tardísimo después de comer pescado empanizado comprado en una cocina corrida; en ese entonces, dormir parecía una pérdida de tiempo porque había demasiadas cosas que contar, chismes que todas ya conocíamos, pero que de todas formas volvíamos a contar, y preguntas sobre lo que íbamos a hacer cuando fuéramos más grandes, si íbamos a vivir una vida como los personajes de las películas o si seguiríamos siendo amigas. Creo que nunca preguntamos directamente si íbamos a seguir siendo amigas, ahora que lo pienso, sólo hablábamos del futuro como si todas fuéramos a estar ahí; una decía que quería casarse, otra hablaba de hijos y seguramente yo decía que quería escribir o hacer teatro porque llevo diciendo prácticamente lo mismo desde que tengo memoria. No sabíamos dónde íbamos a vivir ni qué tan diferentes seríamos, y tampoco importaba mucho, ser adultas parecía algo demasiado lejano, aunque en realidad nos faltaban como tres años para cumplir veinte… pero, a los diecisiete, tres años se sienten como muchísimo tiempo.
Dormíamos en hamacas porque en Yucatán una aprende que la cama no siempre es la mejor opción, sobre todo cuando hace calor y el ventilador apenas alcanza a mover el aire; al principio nunca supe dormir bien en una, me daba miedo caerme o amanecer doblada de una forma imposible, pero con el tiempo aprendí a acomodarme, aunque nunca supe hacerlo como la gente de allá que se acostaba y en dos segundos ya estaba perfectamente acomodada; todavía puedo recordar el rechinido de los ganchos cada vez que alguna se movía y al ventilador girando sobre nosotras mientras una decía que ya se iba a dormir y cinco minutos después volvía a empezar una conversación, a veces alguien se quedaba dormida primero y las demás seguíamos hablando intentando bajar la voz, pero se nos olvidaba y otra vez nos reíamos fuerte.
En ese momento yo no pensaba que algún día extrañaría esas cosas, una nunca piensa en la nostalgia mientras está viviendo aquello que después va a doler recordar; yo no miraba las hamacas pensando que algún día escribiría sobre ellas ni me detenía frente al mar intentando memorizar cómo se sentían las conchas rompiéndose debajo de mis pies, la verdad es que probablemente estaba pensando en cualquier otra cosa, en un niño que me gustaba o en algo que había pasado en la escuela.
Sólo vivía como se vive a los quince, dieciséis o diecisiete años, pensando que las personas y los lugares se van a quedar exactamente donde los dejamos y que siempre va a existir un próximo verano para hacer las mismas cosas.
Pero mientras yo crecía, Yucatán también lo hacía.
Vi aparecer plazas, edificios y fraccionamientos en lugares donde antes parecía que no había nada, pasaba por una calle y de pronto había una construcción enorme que yo juraba que antes no estaba ahí, aunque seguramente llevaba meses construyéndose y yo simplemente no había prestado atención; la gente hablaba del progreso todo el tiempo, que Mérida estaba creciendo, que llegaba demasiada gente, que el tráfico estaba horrible y que la ciudad ya no era como antes.
No sé en qué momento dejó de ser como antes, tampoco sé exactamente a qué “antes” se referían.
Mérida comenzó a llenarse de personas que, como yo años atrás, llegaban buscando algo diferente y, para ese momento, yo ya sentía que la ciudad era un poco mía, entonces me molestaban los cambios con una hipocresía que ahora reconozco porque yo también había llegado de otro lado; me quejaba de la gente que llegaba de Ciudad de México como si yo no hubiera llegado exactamente del mismo lugar y hasta me molestaba escuchar el acento chilango, cosa que ahora me da un poco de risa.
Supongo que una se vuelve territorial con los lugares donde aprendió a ser persona.
Cuando regresé a Ciudad de México a los veinte años sentí que estaba dejando una versión de mí allá. No fue algo dramático, nadie puso una canción de Armando Manzanero mientras el avión despegaba ni miré por la ventana llorando como protagonista de una película, seguramente estaba cansada y preocupada por alguna estupidez que ahora ni recuerdo; la ausencia llegó después, cuando empecé a extrañar las palabras, la comida y el calor que tantas veces había maldecido.
Hasta extrañé las lluvias que inundaban las calles en cuestión de minutos y salir recién bañada para estar sudando otra vez cinco minutos después; los mosquitos no, esos nunca los voy a extrañar y tampoco quiero romantizar tanto Yucatán.
De pronto me descubrí contando historias de Mérida todo el tiempo, diciendo “allá hacemos esto” o “en Yucatán se dice así”, explicando palabras que durante años pensé que se decían en todo México y hablando de lugares que nadie conocía; a veces empezaba a contar algo y tenía que detenerme para explicar qué era una cosa o dónde estaba un lugar y, para cuando terminaba de explicarlo, ya se me había olvidado qué estaba contando originalmente.
Ahora la nostalgia me llega de formas bastante ridículas, a veces es una marquesita que nunca sabe exactamente igual, aunque me juren que la receta es yucateca, o una fotografía vieja en la que reconozco una calle antes de reconocer a las personas; también puede llegar al escuchar a alguien hablar con acento yucateco en el metro y voltear inmediatamente, como si fuera a conocerlx. Otras veces cierro los ojos y puedo sentir otra vez las conchas debajo de mis pies, el ardor de las cortadas cuando volvía a entrar al agua y la arena pegada en las piernas; puedo escuchar a Yalili hablando desde otra hamaca cuando se suponía que todas ya estábamos dormidas y, durante unos segundos, tengo diecisiete años otra vez, no sé qué va a pasar conmigo y tampoco me preocupa demasiado porque todavía falta muchísimo tiempo para ser adulta.
Después abro los ojos y sigo aquí.
Tal vez por eso digo que soy de Yucatán, aunque no haya nacido ahí y aunque algún yucateco seguramente podría discutir conmigo durante horas al respecto. No lo digo porque quiera apropiarme de una tierra que no me corresponde, simplemente es la respuesta que me sale primero, yo llegué a Mérida siendo una niña de once años y me fui a los veinte, cuando ya comenzaba a entender más o menos quién quería ser.
En algún punto entre las tortas de cochinita, el carpaccio de pulpo, las piyamadas, las hamacas y las plantas de mis pies llenas de pequeños cortes, crecí, y ahora, cada vez que pienso en esos años, me inunda un mar de nostalgia, uno salado, caliente y lleno de pedazos de conchas, en el que todavía entro aunque sepa perfectamente que voy a lastimarme los pies.






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